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Ver más allá de los recuerdos: Entrevista con Vania Quevedo y Omar Lara por MI SANGRE ES PETRÓLEO

En algún momento de nuestra vida, volvemos al pasado para intentar comprenderlo y, quizá, sanar algunas de sus heridas. Llevar esos recuerdos al cine implica un ejercicio de exploración personal, pero también la posibilidad de observarlos desde otra perspectiva. En Mi sangre es petróleo, la directora Vania Quevedo parte de su historia familiar para explorar vínculos entre la memoria, la ausencia y el legado que deja el trabajo petrolero. 

El 24° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) conversó con Vania Quevedo y Omar Lara, uno de sus productores, sobre su proceso de realización del documental, las decisiones creativas que le dieron forma y la historia personal que lo inspiró. 

FICM: Vania, ¿en qué momento decidiste que esa experiencia daba para hacer un documental? ¿Qué buscabas comprender o recuperar?

Vania Quevedo: Todo empezó cuando yo tenía como 15 o 16 años. Mi familia fue seleccionada, bueno, especialmente mi papá, para ser protagonista de una especie de video institucional de SPA de Pemex, que fue antes de que empezara todo este boom de películas petroleras que se llaman Héroes de la Seguridad, algo así. 

Yo recuerdo mi casa en ese momento que tenía cámaras, había luces por aquí y por allá. Ese fue como la primera semilla que yo tuve para estudiar cine, para querer hacer cine en el futuro.

Y bueno, ya cuando esto pasa... Yo no estudié una licenciatura formal, pero sí estuve en muchos diplomados. En Tabasco llegaban ciertos de diplomados de una escuela de cine que en ese entonces existía, que se llamaba Centro Cinematográfico del Sureste. Y ya estaba esa semilla de que alguien nos había retratado como familia. 

A mí me dolía mucho tener un padre que se iba, que volvía, que se iba y que no estaba presente del todo. También quería entender mucho por qué mi padre era de cierta manera e internamente qué era lo que le había ocasionado el vivir tanto tiempo en una plataforma petrolera.

Entonces, digo: "Bueno, ahora me toca a mí contar mi propia historia, contar la historia de mi familia". Ahí fue donde empezó todo y comencé a desarrollar el proyecto en la maestría de cine documental que estudié en la EICTV de Cuba.

Yo al principio quería hacer otro tipo de película, otro tipo de documental, pero mis asesores me decían que era importante que yo estuviera en la película y que fuera mi propia voz, porque cada vez que yo hablaba de eso, les emocionaba que yo hablara de mi padre. Tuve un asesor en ese momento que es un documentalista, y a él le interesaba mucho el proyecto porque él ya había hecho una película sobre su madre.

Me lo vuelvo a encontrar años después en un festival de cine, me recuerda de la película que yo estaba desarrollando en el 2018 y digo: "Bueno, vamos a intentarlo", porque no es fácil salir en una película de tu propia historia y contar con tu propia voz en off y todo eso, porque siempre es estar metiendo el dedo en la llaga. 

Y ahí fue que empiezo este recorrido de buscar fondos y meter el proyecto en distintos espacios de desarrollo.

FICM: Omar, la película tiene una materialidad particular, con texturas y una sensación de objeto palpable, ¿cómo trabajaron juntos para construir esa dimensión visual y sensorial? ¿Fue algo que se definió desde la producción?

Omar Lara: Fue realmente un diálogo muy abierto con Vania en términos de sus expectativas, dadas, en principio, por la naturaleza del soporte fílmico; en este caso el Super-8 mm y el 16 mm, en los distintos registros del mismo footage de Vania en distintas fases de rodaje. 

Vania tiene una metodología hermosa de rodaje que implica ir varias veces, rodar, revisar, editar y estar haciendo una especie de diálogo con lo que se va registrando.

En ese acompañamiento nos acercamos o concluimos que, dada la naturaleza de estas distintas texturas y soportes, cabía muy bien una inscripción multiformato, en donde hay distintas cámaras: desde el mismo Don Luis con su GoPro en la plataforma petrolera, hasta toda una serie de estrategias que remiten a estas metáforas del petróleo o el oro negro, en torno a lo que implica también la sangre y el legado mismo de la familia de Vania.

Concluimos —y tuve el honor, siempre agradecido con Vania, de que confió en mí en la parte del color— decidimos construir esta estrategia entre el blanco y negro, principalmente en los cuatro tercios, para hacer una especie de confinamiento virtual que se vive como metáfora dentro de la plataforma y de la misma necesidad de la posible huella de abandono transitoria, en este caso, de la autora, Vania, contándole a su hija también.

Hay una especie de aproximación visual dada por la fotografía de Antolín Jiménez, por la misma foto dirigida por Vania, por la foto de don Luis... En fin, por toda una serie de personajes dentro del footage que hacían posible dar una cohesión en esta sensación que apela al recuerdo, pero que, al mismo tiempo es algo que está vigente y desgraciadamente sigue operando. 

Además de la naturaleza propia de lo metálico, lo negro y los grises que arroja esta locura del petróleo, que tiene colores muy locos: violetas, azules, turquesas... Fue imaginarse un poco el color en estas aproximaciones.

FICM: Pensando mucho en esta parte que mencionas de los colores y sus contrastes, Vania, muestras también este contraste entre los trabajadores petroleros, su trabajo y las familias que viven sus ausencias. ¿Cómo construiste esa mirada sobre el trabajo y sus efectos en las relaciones familiares?

Vania Quevedo: Siento que tenía que ver mucho con la construcción de la memoria, de cómo yo recordaba mi infancia contra lo que imaginaba también, porque tenía que imaginar esos rellenos. La memoria termina siendo como un rompecabezas que hay que armar e inventarse las piezas, sobre todo cuando yo era niña y tenía 5 años.

Mi forma tenía mucho que ver con la recreación de mi memoria, de estar en búsqueda de material de archivo, de las fotos de cuando mi papá empezaba a trabajar en plataformas, a los 17 o 18 años y siempre andaba con su cámara. Todos esos tesoros familiares, que son material de archivo, yo los conservaba. 

Está esa hibridación entre el material de archivo, lo que fui recreando con Super-8 y 16 mm, y lo que tenemos en la cámara digital. Tiene mucho que ver ese diálogo entre el pasado y el presente.

Por eso me interesaba trabajar con distintas cámaras y sensaciones. Lo de la GoPro fue la solución de no saber cómo meter una cámara ahí, porque, obviamente, Pemex no me iba a dejar grabar dentro de una plataforma petrolera. 

Recuerdo mucho que, en la maestría de cine alternativo —primero estuve en la de documental y luego regresé a la de cine alternativo— ,se trataba de romper con los paradigmas sobre cómo se tiene que hacer una película documental. Ahí aprendí que se pueden hibridar distintos formatos y cámaras.

En un taller de cine etnográfico nos pusieron una película que me cambió la vida y que tenía mucho que ver con GoPro: Leviathan, de Verena Paravel y Lucien Castaing-Taylor. 

Mi solución fue que, si quería retratar el interior de la plataforma, tendría que ser de otra manera. Mi padre se compró su GoPro y se la llevaba, así como cuando se llevaba su cámara de 35 mm. Le dije: "Ponte a hacer lo mismo y ya vemos dónde se va amarrando". 

Hay imágenes muy locas donde se ve la cámara bajando en una de las grúas dentro de la plataforma. Le fui diciendo a mi padre dónde amarrar la cámara específicamente para tener justamente esas imágenes sensoriales.

FICM: Esto que mencionas de armar el rompecabezas me parece importante. Y quiero preguntarte, Omar: ¿cómo fue trabajar con las comunidades de Tabasco y equilibrar esta historia familiar de Vania, articularla y contar también las experiencias de quienes participan en la película?

Omar Lara: Sí, muchas gracias por la pregunta. La estrategia de producción abarcó... porque Vania también es productora, entonces es importante mencionarlo. 

Hicimos una estrategia en la cual Vania se encargó de todos los temas que tienen que ver con el rodaje y el conocimiento de la comunidad, con todas las habilidades y competencias que ha desarrollado desde su primer corto, Marea, y otros ejercicios formativos.

De la mano del conocimiento de la comunidad, junto con Antolín Jiménez – director de fotografía, tabasqueño y amigo de la infancia de Vania–, hicimos una estrategia en la que Paulina Villavicencio, nuestra otra productora por parte de Disruptiva Films, se dedicaba a la estrategia general de los procesos administrativos, legales y financieros, y yo me encargué de toda la fase de posproducción.

Incluso en esta ruptura de paradigmas que comenta Vania, como consecuencia de su formación en la escuela de cine de Cuba, de la cual ambos somos egresados, tuvimos la capacidad de delegación y entendimiento de lo que implica la producción creativa, que no está confinada únicamente a una sola fase.

La metodología de Vania abarca distintos rodajes: iba, rodaba, editaba, revisaba material y construíamos visionados que culminaron en la participación de Paulina como montajista junto con Vania para darle forma. Fue una visión holística. 

En la cuestión del rodaje Vania podría aportar más sobre esta sensación o los retos que se enfrentaron por ahí. No sé si deseas comentar algo, Vania.

Vania Quevedo: En torno a las comunidades que fui retratando, tenía que ver mucho con mi búsqueda personal sobre conocer y ver con mis propios ojos las consecuencias del petróleo en ciertos lugares. 

Yo crecí pensando que el petróleo era lo máximo, y al ver cómo afecta a otras personas que no necesariamente trabajan en el petróleo pero se dedican a otras cosas, también son víctimas del petróleo en Tabasco. 

Ahí empezó mi búsqueda de ir a ciertos lugares. Luego di con el pueblo devorado por el mar, donde, frente a ellos, también hay plataformas petroleras por ahí del año 2022. 

Para mí era muy importante retratar todo esto y mostrar que no solo afecta a los trabajadores, sino que es una cadena de afectaciones que va más allá de mi propio entorno y de mi propia familia.