22 · 01 · 26 A LA SOMBRA DEL PUENTE, insólito y desconocido noir Compartir en twitter Compartir en facebook Compartir con correo Copiar al portapapeles Rafael Aviña A la sombra del puente o Winterset, del dramaturgo Maxwell Anderson, sería adaptada al cine mexicano por los notables escritores José Revueltas y Salvador Novo para ser dirigida por Roberto Gavaldón, que asumía aquí la contemplativa desilusión y desesperanza de una veta noir iniciada con El socio y La otra. La película, realizada en 1946 se filmó en locaciones auténticas en la marginal zona de Nonoalco, donde se rodarían también: Del brazo y por la calle, Vagabunda, Los olvidados, Ciudad perdida y Víctimas del pecado, entre otras. El protagonista era David Silva, personaje rebelde traumatizado por un pasado feroz como ejemplo de varios antihéroes del cine negro que enfrenta el horror y la violencia social cotidiana y que, de manera indirecta, termina liquidando al Tigre —un excelente Andrés Soler—, líder de un grupo de hampones que tienen como centro de operaciones el puente de Nonoalco.A la distancia, la tercera incursión de Gavaldón en los temas urbanos y criminales, representa una de las mejores y poco apreciadas películas de su época, cuyo mensaje socialista resulta insólito. A pesar de la evidente teatralidad de los diálogos y situaciones, A la sombra del puente resulta un filme emotivo con momentos muy bellos, que aprovechaba al máximo sus locaciones y que incluía el gran trabajo escenográfico de Gunther Gerszo y la música de Gonzalo Curiel, inspirada en la canción tema del filme, Lamento borincano, del Jibarito Rafael Hernández.Ceballos (Rafael Icardo) es un mecánico de trenes que comenta: “Ya pronto dejarán de tratarnos como animales”, “Camaradas, solo pedimos un trato digno y humano y que se nos otorgue el derecho democrático de organizarnos”, al tiempo que el humo de las máquinas envuelve fantasmal y trágicamente a sus personajes. El Tigre y Chebo (Carlos López Moctezuma) asesinan a un conductor, llega Ceballos y ve muerto al hombre, intenta huir pero la policía lo atrapa y le achacan el crimen, lo que conviene a sus patrones, cuyo abogado lo acusa de agitador y anarquista. Es condenado a 20 años de prisión y ahí es asesinado por órdenes de El Tigre. Su hijo adolescente presencia el juicio y al crecer se convierte en David Silva, quien intenta erigirse como Diputado para reclamar por la inocencia de su padre.El personaje de Silva tiene 48 horas para aportar las pruebas que limpien el nombre de su progenitor, lo que coincide con la salida de Lecumberri de El Tigre, afectado por la tuberculosis. Más tarde, surge el encuentro entre el protagonista y Rosaura (Esther Fernández), en un filme cuya atractiva iluminación expresionista a cargo de Alex Phillips hace recordar relatos del cine negro de esa época como: Sólo vivimos una vez (1937), de Fritz Lang; El halcón maltés (1941), de John Huston; o Peligros del destino (1945), de Edgar G. Ulmer.Existen momentos insólitos al estilo del teatro social de Bertolt Brecht, como aquel del juez del caso Ceballos, interpretado por Arturo Soto Rangel trastocado en un guiñapo, que ve cómo los animales del carrusel que maneja Fernando Soto Mantequilla se transforman en hombres y mujeres que lo acusan: “¡Culpable, culpable!”. Más tarde, en una escena muy hermosa y de bellos diálogos, Rosaura le comenta a Silva: “Para nosotros los del puente, los demás son como de otro mundo. No entendemos sus palabras, así como ellos no entienden las nuestras, aunque sean del mismo idioma… Usted nos mira desde arriba y sigue su camino… Si ya logró salir de aquí, ¡váyase! No regrese, si no, no tendrá escapatoria”.Al final, las escaleras del puente resultan fundamentales, al igual que una colilla de cigarro, que es la clave para acabar con la vida del estupendo personaje protagonista, un ser obsesionado por un pasado injusto y brutal y una realidad social aplastante, en un filme donde delincuencia, criminalidad, marginación social, superación del hombre común ante la masa enajenante y un pesimismo propio del noir, se dan la mano. No en balde, en la versión fílmica estadunidense: Abismos humanos/ Winterset (1936, dir. Alfred Santell) se mezclaba el reclamo social, el tema de la injusticia y la opresión con el retrato gangsteril de la época.