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Tacos al carbón y Uno y medio contra el mundo: Vicente Fernández y lo popular

Por: Rafael Aviña

De cuna humilde, Vicente Fernández Gómez, conocido como “El Charro de Huentitán” (17 febrero 1940-12 diciembre, 2021), en referencia a su pueblo natal Huentitán El Alto, en Jalisco, representó al último gran charro mexicano de una tradición que combina tanto el escenario cinematográfico y musical, como la vestimenta y el espectáculo ecuestre. Fernández fue lavaplatos, albañil, peón, vendedor de fritangas y gelatinas; creció viendo las películas de Pedro Infante y desde niño intentó parecerse a su ídolo y cantar en Garibaldi. En breve, se convirtió en cantante de mariachi, vinculándose con la radio, cabarets, teatros como el Blanquita y al programa de televisión Siempre en Domingo.

Su vida de penuria terminó y el canto vernáculo lo llevó directo al cine donde debutó, bajo las órdenes del gran Alejandro Galindo, en Tacos al carbón (1971), atractivo relato de barrio con la participación de Ana Martín, Nadia Milton, Sonia Amelio, David Silva, Fernando Soto Mantequilla y Resortes. Vicente Fernández mostró un particular carisma ante la cámara y tuvo la suerte de conectar con otro notable realizador de vena popular: José “El Perro” Estrada, que lo dirigió meses después en Uno y medio contra el mundo (1971), con un estupendo papel de vago ladronzuelo que aprende a sobrevivir en la capital, y más tarde en El albañil (1974), en la que recreó uno de sus oficios de juventud.

Tacos al carbón (1971, dir.Alejandro Galindo)

Tacos al carbón (1971, dir.Alejandro Galindo)

En buena medida, la relación de Vicente Fernández con el cine se limitó en esencia a explotar sus habilidades musicales y sus triunfos en los escenarios, bajo las órdenes de realizadores como René Cardona, Chano Urueta, Alberto Mariscal, Federico Curiel, Rogelio A. González y, en especial, Rafael Villaseñor Kuri, su director de cabecera en los años ochenta, con títulos que remiten a algunos de sus éxitos musicales: Tu camino y el mío, La ley del monte. No obstante quedan ese par de filmes honestos y divertidos cuya esencia es el retrato popular de una época, con toda su algarabía, relajo y excesos; incluso, con desenlaces terribles donde el machismo, la homofobia y el retrato de masculinidades y feminidad alcanzan reflexiones inquietantes, como sucede en Uno y medio contra el mundo.

Aquí, “El Perro” Estrada no sólo extrae lo mejor del cantante en un papel hecho a su medida, sino que saca partido de esos ambientes urbanos populacheros donde la transa, la estafa, el timo, la charlatanería y el embaucamiento se trastocan en celebración colectiva y cotidiana. Lauro es un ladrón pueblerino que opera en Toluca, al ser sorprendido y perseguido huye en un camión de mudanzas. Ahí, en un ropero, va oculto un chamaco: Chava, que viaja de polizón. Para matar el tiempo juegan cartas y, el niño, que resulta muy hábil para el trinquete, despoja a Lauro. Al llegar al Distrito Federal deciden trabajar y vivir juntos, y empiezan en una peluquería: Chava como chícharo y Lauro como velador. Chava aprende la forma en la que el peluquero (Mario García González) prepara las lociones, entonces ambos cómplices se dedican a estafar a las personas en calles y mercados vendiendo sus lociones o sus aguas medicinales. Chava es perseguido por su padrastro, Lauro acaba en la cárcel y el primero revela que en realidad es una niña (extraordinaria Rocío Brambila). Varios años después, al salir de la penitenciaría de Lecumberri, Chava, transformada en una guapa joven (Ofelia Medina), lo aborda y deciden seguir en su mundo de estafas y delitos menores hasta que unos sujetos agresivos acaban con sus ilusiones.

Vicente Fernández

Vicente Fernández

Uno y medio contra el mundo no sólo es un muestrario de las típicas estafas callejeras de ayer y de hoy, donde la actuación y el convencimiento son esenciales: la clásica situación de la cartera en apariencia repleta de dinero que es como Ernesto Gómez Cruz despoja al ingenuo Lauro. El niño que se convulsiona y echa espuma por la boca con la ayuda de un Alka-Seltzer, o las lociones o medicamentos milagro. No sólo eso, El Perro saca enorme partido de la borrachera de Chava, del acto de merolico que hace Lauro, o el ambiente en Lecumberri con internos verdaderos. Sin embargo, más inquietante aún, el violentísimo final: un crimen de odio donde el machismo brutal y la frustración sexual alcanzan un punto fatídico.

Por su parte, Tacos al carbón, producida por Cinematográfica Marte con Juan Fernando Pérez Gavilán y Mauricio Walerstein al frente, es una película que originalmente se llamaría El Taco Loco, pensada para ctor Suárez, Héctor Bonilla y Ofelia Medina, y que resultó una de los mejores relatos contemporáneos en la carrera de Galindo que sirvió como lanzamiento fílmico del entonces exitoso cantante de ranchero Vicente Fernández. Se trata de una eficaz y atractiva variante de Campeón sin corona (1945), pero con un taquero callejero en lugar de un vendedor de nieves, que se convierte en boxeador. Vicente Fernández, quien se da vuelo interpretando canciones de Rubén Fuentes, encarna a Constancio Rojas Rodríguez apodado “El Champiñón” o “Champi”, quien pasa de vendedor de tacos de canasta en la vía pública, a empresario dueño de varias taquerías –El Gran Taco Loco-, cuando su humilde progenitora (Hortensia Santoveña), gana un automóvil en un concurso. No obstante, el éxito le acarrea problemas de faldas, cuando decide tener varias “casas chicas”, con empleadas y amantes, y un sin fin de hijos fuera de su matrimonio con la joven Lupita (Ana Martín), exempleada de El Taconazo Popis.

El final, moralista en apariencia, coloca de nuevo al protagonista en las calles, para empezar desde abajo, como al principio, en esta nueva exploración de la psicología del mexicano de clase humilde, bastante entretenida, con grandes momentos y actuaciones eficaces de un reparto de estrellas de varias de las principales obras de Galindo.