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Rumbo al #20FICM: EL VIGILANTE y EL SUEÑO DEL MARA’AKAME

Rafael Aviña

El investigador, crítico cinematográfico y escritor, Rafael Aviña, prepara el camino rumbo al #20FCM con un recuento puntual de los largometrajes de ficción ganadores en las ediciones pasadas del FICM. En esta ocasión aborda El vigilante (2016, dir. Diego Ros) y El sueño del Mara’akame (2016, dir. Federico Cecchetti), ganadoras en el 14° FICM.

Pese a figuras consagradas que imponían, como era el caso de Amat Escalante con La región salvaje, ganadora en ese año de 2016 del Premio Guerrero de la Prensa, el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) en su edición número 14, otorgaría el Ojo a Mejor Largometraje Mexicano de ficción al debutante Diego Ros por El vigilante, con la que su protagonista Leonardo Alonso obtendría el Ojito a Mejor Actor.

El Ojo a Mejor Primer o Segundo Largometraje Mexicano sería para otra ópera prima: El sueño del Mara’akame, de Federico Cecchetti. Todo lo demás de Natalia Almada sería recompensada con una Mención Especial y su protagonista Adriana Barraza con el Ojito a Mejor Actriz. El Premio del público fue otorgado a Las tinieblas, de Daniel Castro Zimbrón.

El vigilante, además de tratarse de una inquietante reelaboración contemporánea del cinema noir nacional en su fase más desencantada y cotidiana, era sin duda ejemplo de un cine mexicano inteligente, capaz de exponer sensibilidad, trabajos actorales de primer nivel, diseños de producción notables y sobre todo, una serie de subtramas que aportaban claridad sobre la realidad social y las prisiones interiores del ciudadano común. Se trataba de un relato simple en apariencia y de enorme eficacia, para narrar varias situaciones que vive el vigilante de un edificio en construcción en una zona conurbada de la capital, cuya esposa está por dar a luz; ello, en la ópera prima de Diego Ros, editor y postproductor en varios proyectos, desde telenovelas y comerciales televisivos hasta cine independiente y corto documental.

Ros, ganador más adelante, del Ariel a Ópera Prima, logra sostener un efectivo suspenso apoyado a su vez en una extraordinaria locación, un niño extraviado, un trabajador alcohólico, una joven muerta (Ana Lilia Mendoza), un celular, un “robo-hormiga”, dos policías siniestros (Héctor Holten y Noé Hernández) y la presión del propio Salvador, el vigilante, ante el inminente nacimiento de su hijo. Aquí, la nación en su conjunto, la ciudad y sus habitantes funcionan como alegoría de una gran cárcel de violencia e incertidumbre de la que es prácticamente imposible escapar.

No resultaba casual que la cinta se ambientara en la época de las fiestas patrias para dar aún más el tono de metáfora a este thriller negro e intimista sostenido prácticamente por el espléndido Leonardo Alonso en su primer protagónico: un actor confinado por su físico a papeles secundarios de maloso. En El vigilante, drama sobre la ambigüedad y la zozobra, el peso de la corrupción y sus componendas, se trastocan en la opresiva alegoría del país entero.

Obra honesta y digna que se mueve entre la ficción y el documental etnográfico, protagonizada por actores no profesionales, El sueño del Mara’akame era el retrato sincero de una comunidad Huichol de la Cebolleta Jalisco, centrado en el viaje iniciático de un adolescente wixárika, hijo de un chamán que llega a una Ciudad de México, tan caótica como acogedora, para seguir sus anhelos musicales. Autor de varios cortos como: El maléfico Dr. Machete, La verdadera pasión o Raíces, Cecchetti se graduó en el CUEC/ENAC con el cortometraje Los trashumantes (2009). El encuentro entre Cecchetti y el mara’akame Antonio Haka Temai Parra, cantador y sanador de la citada comunidad jalisciense, sería el detonante de inspiración para El sueño del Mara’akame, en la que destaca el acento onírico que imprime el realizador y guionista a este relato que se sumerge en las aspiraciones de jóvenes sin horizonte en un país dedicado a coartar sus aspiraciones.

Nieri (Luciano Bautista) es un joven indígena huichol, cuyo sueño es viajar con su banda musical a tocar en un concierto en la Ciudad de México. Sin em-bargo, su padre, un mara’akame muy conservador de su cultura y vestimenta, tiene otros planes para él: intenta introducirlo en la cosmovisión del pueblo y las tradiciones ancestrales, aleccionándolo para que localice al venado azul en sus sueños y en breve tenga la capacidad de convertirse, a su vez, en mara’akame. Luego de acudir a una ceremonia de sanación para curar a un niño y otra más con un grupo de hípsters citadinos, Nieri es atacado y robado por unos skaters cerca del Centro Histórico y cuando todo parece perdido, no sólo encontrará a sus amigos de la banda para cantar con ellos, sino su propia visión, en un filme con algunos momentos fascinantes como ese encuentro onírico con el venado en una estación del Metro de la Línea 8.