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Rumbo al #20FICM: ALAMAR Y LAS MARIMBAS DEL INFIERNO

Rafael Aviña

El investigador, crítico cinematográfico y escritor, Rafael Aviña, prepara el camino rumbo al #20FCM con un recuento puntual de los largometrajes de ficción ganado-res en las ediciones pasadas del FICM. En esta ocasión aborda Alamar (2009, dir. Pedro González Rubio) y Las marimbas del infierno (2010, dir. Julio Hernán-dez Cordón), ganadoras en los 7° y 8° FICM respectivamente.

En 2009, uno de los grandes atractivos del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) en su edición número siete era su enorme capacidad para albergar diversas voces y distintos puntos de vista que enriquecían y provocaban la reflexión del fenómeno cinematográfico en nuestro país. Fue una decisión muy difícil la del jurado de otorgar el premio al Mejor Largo de Ficción en un año en el que compitieron obras como Norteado, de Rigoberto Perezcano; La mitad del mundo, de Jaime Ruiz Ibáñez, o Vaho, de Alejandro Gerber Bicecci, sensible relato de pérdidas emocionales juveniles que obtuvo una Mención Especial del Jurado.

Ganadora del Premio del Público y Ojo al Mejor Largometraje Mexicano resultó la polémica y original Alamar (2009), segundo largometraje ya en solitario del joven realizador mexicano, aunque nacido en Bélgica, Pedro González Rubio. Alamar es un relato que mezclaba ficción y documental, actores no profesionales o personas comunes contando parte de sus propias vidas, y un equipo de producción mínimo con una atractiva carga emocional que provocaba por igual rechazo o admiración fuera y dentro del país.

Alamar (2009, dir. Pedro González Rubio)
Alamar (2009, dir. Pedro González Rubio)

Una suerte de ficcionalidad documentada en voz del propio realizador; un atrayente y calculado estudio didáctico antropológico que tenía todo para encantar a los públicos de festivales nacionales o extranjeros, maravillados con las reservas ecológicas mexicanas y sus habitantes que viven esa cotidianidad alejados prácticamente de la contaminación que provoca la civilización, en una historia que el propio González Rubio definió como “la búsqueda de la simpleza de la felicidad”.

Jorge Machado, un joven de origen maya de Playa del Carmen, trabajador dedicado a la pesca en la Reserva de la Biósfera de Banco Chinchorro en aquella zona de Chetumal, resulta una suerte de traslado contemporáneo de aquel esquimal de sonrisa eternamente tatuada que el realizador estadunidense Robert Flaherty, padre del cine etnodocumental, siguió con su cámara a lo largo de 15 meses, conviviendo con él y su familia, en el clásico del cine antropológico Nanook, el esquimal, el primer documental de la historia, realizado en el lejano año de 1922.

Machado enamora a Roberta Palombini, italiana encantada con ese fascinante país y sus habitantes que es México. Se embaraza. Tienen un hijo llamado Natan que se va con la madre de regreso a Roma. Sin embargo, el pequeño que habla perfectamente español regresa a los orígenes. Es decir, a emprender un viaje con Jorge su padre al lugar donde este vive de la naturaleza, en un idílico palafito en Banco Chinchorro al lado del abuelo de Natan, al que apodan Matraca y quien adora el café. Todo ello, en un lugar rodeado por el mar del Caribe en el que conviven además con una garza silvestre (Blanquita) y un cocodrilo como mascota.

Indiscutible triunfadora del 8º Festival Internacional de Cine de Morelia fue Las marimbas del infierno, de Julio Hernández Cordón, joven cineasta estadunidense de padre mexicano y madre guatemalteca, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), quien demostró que era posible levantar proyectos en países donde la creación cinematográfica es casi un lujo inalcanzable. Gasolina (2007), su debut como realizador, era el retrato minimalista y sin maquillajes de una juventud sin horizontes en una sociedad económicamente pauperizada como la guatemalteca, cuyas historias cotidianas coincidían con el México real (ignorancia, violencia, miseria, enajenación).

Las marimbas del infierno (2010, dir. Julio Hernández Cordón)
Las marimbas del infierno (2010, dir. Julio Hernández Cordón)

Gasolina le permitiría a Hernández Cordón realizar su segundo filme, Las marimbas del infierno (Guatemala-Francia-México, 2010), donde incide una vez más en sus historias de seres marginales e ingenuos, entre patéticos y divertidos, que combina el humor y el drama cotidiano con protagonistas cercanos al cine de los hermanos Kaurismaki, en particular Aki. De hecho, la extremista banda de rock pesado que combina a heavymetaleros y un marimbista de barrio, recuerdan, por ejemplo, a la saga del grupo musical Los vaqueros de Leningrado del citado cineasta finlandés.

Un relato que se sumerge en sensibles realidades para hablar de un fragmento de la sociedad guatemalteca de hace 12 años y, en buena medida, de otras naciones latinoamericanas similares, incluyendo, por supuesto, ese México de la periferia y provincia: el menos cosmético. El choque de las tradiciones y el abandono cada vez mayor de las costumbres culturales (“La marimba ya no le gusta a la gente. Me sale más barato un disco o un Ipod”), el crecimiento de sectas cristianas como forma de dominio religioso, el acoso de una violencia latente (sea el Estado, la delincuencia común, o la presencia de la Mara Salvatrucha), la enajenación de una juventud que encuentra distracción a sus problemas y a la falta de respuestas en todo tipo de fusiones roqueras incluyendo absurdas ado-raciones satanistas.

Así, don Alfonso (Alfonso Tunche), un hombre que ha quedado sin hogar y ha enviado lejos a su familia debido a las amenazas de la Mara y cuya única opción de vida es su marimba, descubre que a los turistas y restaurantes su música ya no les interesa. Por ello, se conecta con Blacko (Roberto González Arévalo), baterista líder de la banda metalera Los Guerreros y médico suplente de un hospital público, que gusta además de leer textos en hebreo para seguidores afines. La idea, es fusionar los sonidos del heavy metal con la marimba tradicional para conseguir precisamente Las marimbas del infierno. A ellos se suma el Chiquilín (Víctor Hugo Monterroso), ahijado del primero, raterillo que ha huido de una correccional e improvisado poeta hiphopero con un rostro cubierto de cicatrices, que intentará convertirse en el vocalista del grupo.