12 · 7 · 21

Meche Carreño, el gran mito erótico

Por: Rafael Aviña

A fines de los años sesenta surgirían dos figuras que alcanzarían un gran impacto en el inconsciente colectivo, en una época particularmente transgresora: Isela Vega y Meche Carreño, enormes mitos eróticos de ese tiempo, que el cine, la prensa, la televisión y sus seguidores convertirían en leyenda, durante aquellos años de represión social y política. A diferencia de la voluptuosa Isela, Meche Carreño (María de las Mercedes Carreño Nava), nacida en Minatitlán, Veracruz, en 1947, era más bien menudita, con cuerpo de adolescente. Una joven de bellos labios, esbeltas piernas y larga cabellera que tuvo la audacia de aparecer retratada en monokini, convirtiéndose así en luminaria de la moda y el cine. Meche estudió en la Academia de Actuación de Andrés Soler, colaboró con Alejandro Jodorowsky en un montaje teatral y con Carlos Ancira en la obra El hombre y su máscara, y contrajo matrimonio con el empresario y fotógrafo José Lorenzo Zakany Almada, quien la lanzó al estrellato en esos años sesenta.

Meche Carreño

Meche Carreño en No hay cruces en el mar (1967), de Julián Soler

Luego de pequeños papeles en: El pícaro (1964), La Valentina (1965), Especialista en chamacas (1965) y El barón Brákola (1965), protagonizó Damiana y los hombres (1966), de Julio Bracho, producida por el propio Zakany, sobre un argumento de ella misma. Una suerte de versión actualizada y pop sesentera de María Candelaria: una joven ingenua y sensual que vende en la carretera flores cultivadas por su abuelo (Andrés Soler) en su chinampa de Xochimilco.

Una tarde, Damiana es descubierta por un fotógrafo de modas (Enrique Rocha), quien la asedia, la filma en 16mm y le toma fotografías, y el jefe de este, el millonario don Jorge (Roberto Cañedo), se entusiasma con ella. Así empieza la transformación de Damiana, en una chica desprejuiciada, que aprende ballet y baile y conduce un automóvil, en un filme idóneo para mostrar la sensualidad de Meche Carreño.

El domingo 1 de diciembre de 1968, una nota de Cine Mundial comentaba que Paul Newman recibiría un reconocimiento en la Reseña de Acapulco, en medio del escándalo de Fando y Lis (1967) de Jodorowski, la presencia de Roman Polanski y su mujer Sharon Tate y los semidesnudos en la playa de Meche Carreño, cuya película Andante. Vértigo de amor en la oscuridad (1967), de Julio Bracho, se exhibía en esa Reseña y narraba la obsesión de un célebre pianista por una joven idéntica a su mujer fallecida que encarna Carreño.

El tema de No hay cruces en el mar (1967), de Julián Soler, con argumento de la propia Meche, es el deseo encarnado en la figura sensual de la protagonista, deseada por todos los hombres, incluyendo un cura joven (Juan Ferrara). Más inquietante lo fue: La sangre enemiga (1969) de Rogelio A. González inspirado en una novela de Luis Spota: el tema da fe de los recovecos marginales y la promiscuidad en el interior de una pequeña comunidad de cirqueros ambulantes en una colonia proletaria al sur de la Ciudad de México.

En Azul (Eclipse de amor) (1970), de José Gálvez, es una guapa nativa de una isla tropical; una suerte de objeto sexual violentada por unos ridículos hippies en un filme excesivo que correspondía a la visión de esa época. En Novios y amantes (1971), dos relatos dirigidos por Sergio Véjar, Valentín Trujillo es un estudiante que conoce a la sensual prostituta que encarnaba Meche Carreño. Impactante éxito de taquilla fue La inocente (1970), de Rogelio A. González, que jugaba con el equívoco sexual de la ingenuidad y denunciaba con cierto morbo, el abuso y el acoso de una menor, con Meche en el papel de una adolescente con retraso mental, protegida en exceso por su madre (Lilia Michel).

Meche Carreño

Meche Carreño

Una trama de audaces desnudos, situaciones de enorme violencia y tensión sexual, fue La choca (1973), de Emilio Fernández, en la que Meche tiene un bello desnudo y alternó con Pilar Pellicer, en un relato de pasiones extremas en la selva oaxaqueña, con la que ambas actrices obtuvieron el Ariel a mejor coactuación y actuación estelar, respectivamente. Escrita por la talentosa Josefina Vicens “La Peque”, Los perros de Dios (1973), de Francisco del Villar, unió a las hermosas Helena Roja y Meche Carreño en un relato sobre la obsesión sexual y religiosa.

En esos años setenta, los desnudos de Meche Carreño fueron más explícitos, como lo muestra Zona roja (1975), del Indio Fernández. No obstante, lo mejor de la filmografía de Carreño se encuentra en la obra realizada junto con el sensible cineasta Juan Manuel Torres, su pareja sentimental, luego de su divorcio con Zakany. A su lado, protagonizó una serie de inteligentes relatos cuya temática eran las confesiones íntimas y aspiraciones sentimentales de los jóvenes del momento como lo muestran: La otra virginidad (1974), La vida cambia (1975), El mar (1976) y La mujer perfecta (1977). Sensitivas obras con fuerte carga erótica, que intentaban polemizar sobre las hipocresías de una sociedad mojigata y reprimida en las que Carreño aparecía en situaciones fuertes y provocadoras.

En La otra virginidad (Ariel a Mejor Película), dos jóvenes meseras (Leticia Perdigón y Meche) se relacionan con: Valentín Trujillo y Arturo Beristáin; aquel es un repartidor de películas cuyo padre, militar retirado (Víctor Manuel Mendoza), lo trata con dureza. En La vida cambia se narra el triángulo pasional entre Carreño, quien trabaja en una estética, su pareja, un aspirante a actor desempleado (Beristáin) y la hermana menor de aquella (Maritza Olivares).

El mar toca temas como el aborto, el incesto, la infidelidad con Carreño como una hermosa fotógrafa embarazada. Finalmente, la última película con elementos eróticos de Meche Carreño sería La mujer perfecta: aquí, es una bailarina y actriz de cine muy exitosa de origen humilde, casada con un rico y celoso industrial. Aún en activo, Meche aparecería todavía en cintas como: Tres historias de amor, El Noa Noa, Es mi vida, Durazo, la verdadera historia y El día de las sirvientas.