05 · 10 · 21

Los bienamados, Tajimara y Un alma pura

Por: Rafael Aviña

El mítico Primer Concurso de Cine Experimental, convocado en 1964 por la Sección de Técnicos y Manuales del STPC, supuso la llegada de nuevos cuadros de producción, equipos de rodaje reducidos, locaciones naturales y mucha improvisación, y tuvo como puntos álgidos: La fórmula secreta, de Rubén Gámez; En este pueblo no hay ladrones, de Alberto Isaac; el conjunto de cinco mediometrajes producidos por Manuel Barbachano Ponce: Amor, amor, amor; y el trío de cortos integrantes de El viento distante/Los niños, ganadoras respectivamente de los cuatro primeros lugares. Esta última incluía: En el parque hondo, de Salomón Laiter; Tarde de agosto, de Manuel Michel, y Encuentro, de Sergio Véjar.

La fórmula secreta de Rubén Gámez

La fórmula secreta (1965, dir. Rubén Gámez)

Por su parte, Amor, amor, amor reunía: Las dos Elenas, de José Luis Ibáñez; La Sunamita, de Héctor Mendoza; Lola de mi vida, de Miguel Barbachano Ponce; Tajimara, de Juan José Gurrola, asistido por Bertha Navarro y Julián Pastor; y Un alma pura, de Juan Ibáñez, asistido por Jorge Fons. Como la duración de las cinco rebasaba los 200 minutos, Amor, amor, amor, incluyó sólo las tres primeras y se le agregó el corto La viuda, de Benito Alazraki. En tanto que los mediometrajes de Gurrola y Juan Ibáñez conformaron Los bienamados, Inspirados el primero en un cuento de Juan García Ponce y el segundo en un relato de Carlos Fuentes, adaptados por ellos mismos.

En ambas historias, propositivas y muy en deuda con el estilo y temáticas de la nueva ola francesa y el cine de Michelangelo Antonioni, prevalece un tono moderno y cosmopolita, cuyos temas son el incesto, el orgasmo, la frigidez, el sadomasoquismo. En las dos, aparecen personajes libres de ataduras sexuales, que se entregan tanto al placer, como a la neurosis urbana, mostrando con ello, algunos de los mejores momentos del nuevo erotismo cinematográfico de esa década, apoyado a su vez en sus orígenes literarios. La primera edición del volumen La noche, de García Ponce, se publicó en 1963 e incluía los cuentos “Amelia”, “Tajimara” y “La noche”, y “Un alma pura” era uno de los relatos del libro de Fuentes, Cantar de ciegos, editado en 1964.

Los Bienamados (1965, dirs. Juan José Gurrola, Juan Ibáñez)

Los Bienamados (1965, dirs. Juan José Gurrola, Juan Ibáñez)

En Un alma pura, Juan Luis (Enrique Rocha), acepta un trabajo en Nueva York y abandona a su hermana Claudia (Arabella Árbenz), con quien le unen sentimientos incestuosos, lo que ha provocado conflictos en su vida íntima, acentuados por su intercambio epistolar: “Habíamos escapado a las bromas, la violencia y a la vergüenza de nuestros amigos”. “Somos hermanos… sí, pero eso es un accidente”. En Nueva York, conoce a Clara, joven idéntica a su hermana (la misma Árbenz), quien termina embarazada de él. Por ello, Claudia, le envía una misiva en la que le pide que aborte. Ambos, Juan Luis y Clara, terminarán suicidándose.

Una cámara increíblemente ágil, a cargo de Gabriel Figueroa, recorre los laberintos de la memoria y el deseo en esos cuerpos desnudos que se entrelazan a partir de flashbacks. Abundan las referencias esnobistas —todo el tiempo, los protagonistas, hablan directamente a la cámara— y los homenajes a la nueva ola francesa, como la secuencia de la recepción neoyorquina, en la que aparecen entre otros los propios Carlos Fuentes y Juan García Ponce, y varias figuras del ámbito cultural en breves apariciones y sin crédito, como: Carlos Monsiváis (en el papel de sacerdote), Mercedes Ospina, Sergio Aragonés, José Donoso, William Styron, José Luis Ibáñez, el propio Juan Ibáñez y otros más.

Tajimara tiene varios puntos de contacto con Un alma pura. Una narrativa innovadora y desparpajada a lo Godard, Truffaut y Rohmer; el tema de la memoria y los constantes regresos al pasado; y el asunto del incesto como una carga moral y sensual. Cecilia —espléndida Pilar Pellicer— invita a Roberto (Claudio Obregón), su examante dedicado a las traducciones, a una fiesta al pueblo de Tajimara, a la casa donde viven los hermanos —pintores ambos—, Carlos (Mauricio Davidson) y Julia —Pixie Hopkin, toda una revelación—, esta última, próxima a casarse ante la tristeza del hermano. Roberto sufre por Cecilia, enamorada de otro: Guillermo (José Alonso de adolescente y Luis Lomelí de adulto) y por las sombras que han rodeado siempre su relación. Más compleja cinematográficamente, se trata de un relato magistral que exuda erotismo e incluye, además, la utilización del recién inaugurado Museo de Arte Moderno en Chapultepec en ese 1964, como locación.

Tajimara (1965, dir. Juan José Gurrola)

Tajimara (1965, dir. Juan José Gurrola)

Lo primero que llama la atención en Tajimara es la intrigante banda sonora compuesta por Manuel Henríquez, que parece desdoblarse en un personaje más, así como sus temas melancólicos en inglés: “A Kiss to Build a Dream On”, de Hugo Winterhalter, y “Anyone Who Had a Heart”, de Burt Bacharach interpretada por Cilla Black. Y los recuerdos de Roberto sobre la figura de Cecilia adolescente que lo atormentan. “El sentido de la historia es lo de menos, ahora, sólo recuerdo la imagen de Cecilia. Llevaba seis meses de no verla, cuando de pronto se presentó para invitarme otra vez a una fiesta en Tajimara. Acepté consciente de que jamás sabría si la quería o la odiaba…”. Las imágenes evocatorias a cargo de Antonio Reynoso y Rafael Corkidi, como operador de cámara, proponen fantasmales escenas en una pista de patinaje en donde Roberto adolescente mira cómo Cecilia patina al lado de Guillermo —José Alonso en su debut—, a quien se entregará antes de cumplir los quince años. “No perdonábamos no haber sido el primero y nos castigábamos mutuamente por eso”.

En Tajimara las protagonistas femeninas otorgan al relato una fuerza y una vocación sensual sin límites. Baste ver a Pellicer recargada contra un muro vistiendo una gabardina y mirando a la cámara, para encontrar la respuesta del deseo fílmico. O aquella escena donde los protagonistas hacen el amor dentro del automóvil de ella en una tarde lluviosa. Pese a su abierta sexualidad, Cecilia sufre angustia durante la cópula y se orienta al sadomasoquismo. Julia en cambio, resulta intangible y frágil, en un relato excepcional sobre la pérdida del amor, la juventud y la inocencia, con altas dosis de poesía: “Componemos todo con la imaginación y somos incapaces de vivir la realidad, simplemente….” Los bienamados se estrenó el 2 de septiembre de 1965 en el cine Regis.