07 · 26 · 21

Fernando Fernández, el crooner nacional

Por: Rafael Aviña

El talento de Emilio “El Indio” Fernández corrió como reguero de pólvora genético alcanzando a dos de sus célebres hermanos que incursionaron con éxito en la pantalla grande, como fue el caso de Fernando Fernández, cantante, compositor, actor y realizador, y Jaime Fernández, actor, director y líder sindical. Más curioso y enredado aun, la manera en que se propició el parentesco con El Indio.

El padre de Emilio, Emilio Fernández Garza, se divorció de la mamá de este, Sara Romo, para casarse con su cuñada Eloísa Reyes que había enviudado del teniente coronel Fernando Fernández, con quien había procreado ya a Fernando Fernández. De hecho, Emilio y Fernando eran primos y se convirtieron en hermanastros. Más tarde, del matrimonio formado por Emilio padre de El Indio y Eloísa nació Jaime, hermanastro de aquellos y a su vez, primo de Emilio.

Fernando Fernández (1916-1999), con tan sólo 17 años, se inició como cantante en la XEH de Monterrey y decidió irse a la capital para probar fortuna, donde trabajó incluso en la venta de dulces afuera del cine Teresa. En 1935, Emilio Tuero lo recomendó en la XEB y un año después logró incursionar y obtener un gran éxico en la XEW con el nombre de “Lolito, un chico travieso”, acompañado por el pianista Paco Treviño.

Fernando Fernández | FOTO: Filmoteca UNAM

Fernando Fernández | FOTO: Filmoteca UNAM

Fernando se colocó como cantante en el afamado cabaret Waikiki hacia 1937, cuando su hermano Emilio ya figuraba como actor en filmes como Janitzio o Las cuatro milpas. Y consiguió debutar en la pantalla grande con un pequeño papel en La vuelta del Charro Negro (1941), dirigida por Raúl de Anda, tutor, de alguna manera, de su hermanastro Emilio, quien le otorgó otro pequeño papel en La isla de la pasión, su ópera prima como realizador, en ese 1941, el mismo año que Fernando contraía nupcias con la cantante Lupita Palomera.

A estas le siguieron participaciones en La feria de las flores (1942), al lado de Antonio Badú, Stella Inda y un muy joven Pedro Infante. Fernando no sólo iniciaba una exitosa carrera como cantante de boleros, a su vez conseguía crear todo tipo de personajes tragicómicos para destacar en breve en el cine de arrabal Alemanista formando pareja con Meche Barba, la rumbera mexicana que competía con las estrellas cubanas en esos filmes de música, sensualidad y tragedia.

En Nosotros (1944), Fernando aparece en la parte musical junto con celebridades como Kiko Mendive y Amparo Montes y, a su vez, en Las abandonadas (1944), dirigida por El Indio, tiene un papel dramático. No obstante, Fernando demostró su gran capacidad histriónica cuando su hermano Emilio le otorgó el papel de sacerdote en Enamorada (1946), filmada en Cholula y ambientada en la época revolucionaria.

María Félix es la brava muchacha que soporta las arremetidas majaderas del General que interpreta Pedro Armendáriz, hasta que estas son reducidas a enfrentamientos eróticos. Además de los adornos fotográficos de Gabriel Figueroa y el impacto de la pareja protagónica, Fernando lució como actor en escenas singulares como el duelo a cachetadas en la que él mismo sale afectado.

Luego de Enamorada, Fernando participó como cantante en El fugitivo (1947) filmada en nuestro país por John Ford, codirigida por El Indio Fernández. A su vez, repitió con María Félix en Río Escondido (1947). Aquí, María es la heroína anónima que tiene la encomienda de llevar la luz de la educación a decenas de niños campesinos en un pueblo perdido y recibe el apoyo de otro héroe de la clandestinidad: el médico rural que interpreta Fernando Fernández, que obliga al cacique en su lecho de enfermo a apoyar la escuela de aquella y a organizar a los lugareños para una campaña de vacunación con el fin de evitar contagios.

Fernando fue memorable en su encuentro con María y con el malvado cacique Carlos López Moctezuma. Para entonces, Fernando pudo contentarse con coestelares y papeles secundarios bajo la dirección de Emilio, sin embargo su carrera dio un giro cuando protagoniza La Venus de fuego (1948), de Jaime Salvador. Se trataba de un delirante melodrama de barrio bajo con canciones de Gonzalo Curiel protagonizado por él y Meche Barba, pareja que causaría furor en el género cabaretil.

La intriga gira alrededor de un empleado de una compañía de perlas enamorado de una bailarina de cabaret y metido, por culpa de sus encantos, en líos de robo y crimen. A esta, le seguirían: Amor de la calle (1949), donde Fernando es un humilde tortero en una cinta con intervenciones musicales de Los Panchos y Toña La Negra; Amor vendido (1950), truculenta trama en la que encarna a un compositor cojo, Pasionaria y Dancing, salón de baile, también con Barba y Viajera con Rosa Carmina, las tres de 1951.

Autor de canciones como “Muchachita”, “Aunque tú no me quieras”, “¿Por qué te vas?”, “Arrabalera”, “Medianoche”, Fernando Fernández interpretó con éxito temas musicales de Carlos Crespo como: “Hipócrita” y “Callejera”. Así mismo, protagonizó, junto a Marga López, Arrabalera y Callejera, y destacó en comedias con Joaquín Pardavé: Mi campeón, Doña Mariquita de mi corazón o El casto Susano.

En los años sesenta abandonó la actuación y debutó como director con la saga de El fistol del diablo (1958), a la que siguieron cintas de aventuras como El señor tormenta y Tormenta en el ring, La sombra blanca y Los hermanos Centella. Interpretó a Pancho Villa en El correo del Norte y La máscara de la muerte, protagonizadas por Luis Aguilar y Fernando Oses como La Sombra vengadora. Luego de participar en El crepúsculo de un Dios (1968), dirigida por El Indio, se retiró del cine para dedicarse a la dirección de telenovelas, y sólo regresó como actor bajo la dirección de su hermano Jaime Fernández en El sinaloense y Allá en el rancho de las flores —ambas de 1983—, en una carrera de más de 60 películas.