04 · 30 · 26 El cine infantil: Niñas y niños en el cine de la Época de Oro Share with twitter Share with facebook Share with mail Copy to clipboard Rafael Aviña El cine infantil mexicano fue y sigue siendo un proyecto condenado al fracaso. Una aspiración inexistente ligada a una serie de películas en donde los niños y las niñas surgían como simples comparsas: pequeña carne de cañón melodramática en todo tipo de dramas y comedias urbanas o rurales en la época de oro de nuestra cinematografía, representada por “chamacas y mocosos” de la talla de: Evita Muñoz “Chachita”, “la Tucita”, Narciso Busquets, Angélica María, o el genial Ismael Pérez Poncianito, quien pasaba —con la mayor naturalidad— del humor explosivo de El rey del barrio a la delirante truculencia de Víctimas del pecado o El papelerito, acompañado de otros actores infantiles de ese momento como: Jaime Jiménez Pons, Jaime Calpe y Gloria Alonso.Busquets —el futuro notable actor de El gallo de oro, Cadena perpetua y más—, encarna el eje melodramático que une a la pareja de Andrea Palma y Alberto Galán en Distinto amanecer, amenazado sentimentalmente por la presencia del amigo sindicalista Pedro Armendáriz. Por su parte, María Eugenia Llamas “Tucita” le arrebata en varias ocasiones el protagónico al mismísimo Pedro Infante en Los tres huastecos en su papel de chiquilla respondona y “malora” que juega con tarántulas y serpientes y lo atosiga pidiendo un vaso de agua. Las dos huerfanitas (1950, dir. Roberto Rodríguez) Tucita y Chachita protagonizan juntas Las dos huerfanitas, cuyo título habla por sí solo. Chachita, regordeta y con tres años de edad haría llorar a miles de espectadores desde su debut en El secreto del sacerdote, a la que le seguirían: ¡Ay, Jalisco no te rajes!, ¡Que verde era mi padre!, Chachita, la de Triana y más. No obstante, su capacidad melodramática y carisma no tiene desperdicio en la trilogía iniciada con Nosotros los pobres con escenas como aquella en la que Infante le rompe la boca de una bofetada.Otra niña prodigio del cine mexicano apadrinada por su papá Joselito Rodríguez fue Titina Romay. Ella se luce al lado de esa genial mole del ring llamada Tonina Jackson; un padre glotón que impone en la arena y en su casa tiene que comerse sus conchas y campechanas a escondidas de su pequeña y regañona hija Titina en El Huracán Ramírez, donde fue nominada al Ariel de Mejor Actuación Infantil.Rafael Banquells Jr. fue otro chamaco que lució sus dotes de niño odioso como el pequeño Archibaldo de la Cruz en Ensayo de un crimen y Mi desconocida esposa. Un papel opuesto al de los niños marginados y pequeños infractores de Los olvidados —entre ellos, Alfonso Mejía y Alma Delia Fuentes— y su inquietante versión paralela titulada El camino de la vida, con los hermanitos Humberto y Rogelio Jiménez Pons “Frijolito”. Rafael Banquells Jr. Angélica María fue otro caso insólito desde su debut en Pecado, donde apareció de ¡niño! con el cabello bien recortado al igual que en Una mujer decente; como vástago de la cabaretera que encarnaba Elsa Aguirre. En esos años cincuenta, Angélica de apellido Hartman siguió apareciendo ya como niña buena, piadosa y simpática en películas como: Mi esposa y la otra, Sígueme corazón, La hija de la otra, Sucedió en Acapulco o Los gavilanes.A mediados de los cincuenta, la cinematografía nacional decidió explotar en serio (ahora sí), la veta de un nuevo cine infantil en abierta competencia con las películas de Disney, y Joselito Rodríguez abrió brecha con las gracejadas de sus hijos y el melodrama más tremebundo. Pepito Romay, al lado de su hermana Titina, se transformaba sin despegarse de su cajón de bolero, en Pepito as del volante, Pepito y el monstruo y Pepito y los robachicos.Por supuesto, aquello no fue suficiente para enfrentar los embates de La Cenicienta, Peter Pan o La dama y el vagabundo. Por ello, René Cardona decidió saquear, al igual que Disney, la imaginación del francés Charles Perrault (1628-1703) y arrancó con Pulgarcito. Así, Cesáreo Quezadas y María Gracia con sus filmes de Caperucita saltaban al mini Olimpo del estrellato nacional: el chamaco heroico y respondón, la heroína infantil toda bondad y ternura.El cine mexicano volteó sus ojos misericordiosos hacia el trajecito de peluche, el maquillaje exagerado, los apelativos delirantes y la galería de seres horrorosos pero funcionalmente didácticos, y el actor José Elías Moreno sería parte medular de una serie de películas fantásticas para niños donde interpretaría por igual al ogro de Pulgarcito o a un bonachón Santa Claus en la película homónima.Pulgarcito y La sonrisa de la Virgen obtuvieron un premio en un festival de cine infantil en Venecia. En ambas, se mezclaba el cuento de hadas al estilo europeo y la imaginería rural mexicana de un horror plástico insuperable (Pulgarcito vestía sayal y huaraches). Y, en La sonrisa de la Virgen, en la que participaban Ricardo Garibay como guionista y Gabriel Figueroa como fotógrafo, debutaba en el estelar la angelical María Gracia con su vocecita chillona como respuesta al exitoso filme español Marcelino, pan y vino.Caperucita Roja transportada a Valle de Bravo obtuvo otro premio internacional y Santa Claus ganó el Golden Gate a la "Mejor película internacional para familias" en San Francisco. En la primera, folclor suizo y mexicano se fusionaban con leñadores, un cura y seres antropomorfos. Por su parte, a la modernidad de un Santa Claus americanizado, se anteponía un diablito de lotería nacional llamado Precio (José Luis Aguirre Trotsky) para no perder de vista la idea de una infancia nacionalista.Las revolturas se hicieron insoportables y previsibles: El gato con botas, Caperucita y sus tres amigos, Caperucita y Pulgarcito contra los monstruos y Cesáreo Quezadas alternó con Clavillazo en El sordo y El globero. Con todo y sus premios, el auge de ese horroroso cine infantil sólo fue una llamarada de petate. Partía de híbridos irreconciliables: el melodrama didáctico en la línea de Corazón, de Edmundo de Amicis, y Pinocho, de Carlo Collodi, con la imaginería europea de Perrault o los hermanos Grimm, pero metidos con calzador en una provincia mexicana de tiroleses, tamales y rebozos. Asimismo, no podía faltar el sentimentalismo y la melcocha de Disney con la imaginación sin límites de Cri Cri, más la humorada cruel de los niños buenos, los escenarios paupérrimos y el infaltable traje de peluche donde se sofocaban El Enano Santanón en su papel de Zorrillo Apestoso o Gato con botas y Manuel El Loco Valdés como el Lobo Feroz.