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Alfredo Joskowicz: LA MANDA y LA PASIÓN, dos cortos religiosos

De ascendencia polaca, el Maestro Josko, como se le conocía a Alfredo Joskowicz Brobownicki (Ciudad de México, 1 de agosto 1937-5 de julio, 2012), estudió Ingeniería en Comunicaciones Eléctricas y Electrónicas en la Escuela Superior de Ingeniería (ESIME) del Instituto Politécnico Nacional. Escribió crítica en el suplemento cultural de El Heraldo y a la edad de 28 años, en 1966, ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM (CUEC), de donde egresó como realizador en 1970. Asimismo, becado por la UNAM y el gobierno de Bélgica, estuvo siete meses en la Escuela de Cine de Bruselas. 

Alfredo Joskowicz | FOTO: Diccionario de Directores de Cine Mexicano

Dirigió varios cortos documentales y programas culturales de televisión, entre ellos: Historia de la educación (1981), José Clemente Orozco (1984) e Historia de la Constitución Política Mexicana (1987). Fue distinguido con la Mención Honorífica en el III Festival Internacional de Cortometraje de Guadalajara en 1968 por La manda, con el Hipocampo de Oro en el Festival del Cine del Mar en Fermo, Italia, de 1973 y con el Premio Heraldo a la Mejor Ópera Prima en 1974, ambos por la película El cambio. Además, obtuvo el Premio Especial en los Arieles de 1981 por Constelaciones, el Ariel al Mejor Corto Documental en 1994 por Recordar es vivir y el Mayahuel de Plata en Guadalajara en 2012 y el Ariel de Oro por su trayectoria en ese mismo año. Fue director del CUEC y también lo fue del CCC, de los Estudios América, de los Estudios Churubusco Azteca y del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE). 

Joskowicz asistió a Leobardo López Arretche en el largo documental El grito (1968-70) y dirigió los largometrajes: Crates (1970), El cambio (1971), Meridiano 100 (1974), Constelaciones (1978), El caballito volador (1982) y Playa Azul (1991) y poco antes, entre 1968 y 1969 dirige y escribe dos espléndidos cortometrajes de corte cristiano religioso producidos por el CUEC: La manda, con fotografía en blanco y negro de Francisco Bojórquez y Milosh Trnka, editado por Saúl Aupart y filmado el 12 diciembre de 1968, y La pasión, con imágenes de los citados Bojórquez, Trnka y López Arretche, editado por éste último, más la voz narrativa de Magda Vizcaíno.

La manda inicia con una mujer que avanza de rodillas para cumplir una manda a la Basílica de Guadalupe y en su camino es ayudada por un joven que le extiende una cobija cada que adelanta un metro. Se trata de un registro documental sobre la tradicional y popular manda o penitencia de los fieles católicos al santuario de la Virgen de Guadalupe. Joskowicz y sus cinefotógrafos aportan una perspectiva respetuosa en un intenso y fascinante corto que rebasa cualquier expectativa moral, religiosa y sociológica.

FOTO: Cineteca Nacional

Un inquietante collage de imágenes en el que desfilan los fieles creyentes que llevan flores o veladoras, niños que acompañan a sus padres: algunos de rodillas, otros lloran emocionados, una chica es ayudada por dos personas en su recorrido, taxis de los llamados “cocodrilos”, turistas extranjeros con cámaras de fotos o de ocho milímetros, un conjunto de música, las cámaras de Televicentro, una persona desmayada, voladores de Papantla en la Basílica al igual que unos danzantes. Todo ello, sin diálogo alguno para capturar el ambiente de la antigua Basílica de Guadalupe, el fanatismo y la fe. Espléndido.

Por su parte, La pasión resulta un registro documental y emocional sobre la representación de la Pasión de Cristo en el pueblo de Ixtapalapa (sic, según los créditos) durante la Semana Santa de aquel 3 de abril de 1969. A diferencia de La manda, aquí, el acercamiento de Joskowicz incluye diálogos y llantos de mujeres sufrientes, al tiempo que intenta aproximarse a ese fenómeno que rebasa lo religioso para convertirse en un estudio sociológico de la Ciudad de México en uno de los barrios más populares y hoy en día más violentos.

Centenares de curiosos, actores improvisados orgullosos de sus espontáneos vestuarios y pobre maquillaje (pelucas y barbas incluidas), fieles creyentes, matracas, el sonido del organillo, desmayados, niños y adolescentes que observan los acontecimientos bíblicos adaptados a los recursos mínimos de aquella suerte de espectáculo católico y pagano cuyo clímax es la crucifixión de Cristo y que redefine a Iztapalapa como espacio cultural y social y que en breve el cine mexicano utilizará en las imágenes centrales de El elegido (1975), de Servando González, y décadas después en Vaho (2008), de Alejandro Gerber.