04 · 07 · 26 La ascensión de Clint Eastwood Share with twitter Share with facebook Share with mail Copy to clipboard Alonso Díaz de la Vega A pesar de que encarna el western moderno, en su larga filmografía Clint Eastwood solo ha dirigido cinco de ellos en forma. Se puede argumentar, eso sí, que El aventurero de medianoche (1982, Honkytonk Man) algo tiene del género: el periplo de un cantatutor con mala suerte y su sobrino ingenuo evoca a los viajeros de John Ford. El patrón se repite de un modo u otro en Un mundo perfecto (1993, A Perfect World), Gran Torino (2008) y La mula (2018, The Mule), como preguntándose qué película sería Más corazón que odio (1956, The Searchers) si acabara de forma terrible: si el viaje o la educación sentimental del adolescente que acompaña al héroe terminaran en desgracia, y eso que el clásico de John Ford no se resuelve del todo bien, sino discretamente mal.Aunque la mayoría de sus espectadores lo conocen hoy como un director clasicista, Eastwood se ha desviado de la norma, ya sea con estos semiwesterns que no se sitúan en el viejo mundo de California, Arizona y Wyoming, o torciendo las convenciones en sus indiscutibles películas de vaqueros. Dos de esta última categoría sobresalen, además, porque sus protagonistas no pertenecen a nuestro mundo y, de la mano de su carácter espiritual, declaran algo así como la ascensión de Clint Eastwood: su metamorfosis, entre ambas películas, que lo hizo pasar de un director incipiente, moderno y violento, a reconciliarse con los clásicos y mostrar su lado más romántico.Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973) y El jinete pálido (1986, Pale Rider) son fundamentalmente la misma película: un forastero se acerca a una comunidad en problemas y les enseña a defenderse. Algo hay en ellos de los héroes de Akira Kurosawa en Los siete samuráis (1954, Shichinin no samurai), pero Eastwood añade particularidades que subvierten la trama del director japonés, sobre todo en la primera película, donde Eastwood reemplaza la bondad y el sacrificio de los guerreros con la cobardía de un pueblo y la crueldad de su libertador, que desde el primer plano de Infierno de cobardes se manifiesta como una amenaza. Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973, dir. Clint Eastwood) El calor del desierto deforma la imagen; el polvo se levanta y anuncia, junto con la música fantasmal, la llegada de un diablo. El título oficial en otros países latinoamericanos echa a perder el misterio sobre su identidad: La venganza del muerto insinúa que no se trata del hermano vengador de un alguacil asesinado, como lo planteaba el guion original de Ernest Tidyman, sino de un justiciero sobrenatural, tal como lo escribió el propio Eastwood con ayuda del guionista Dean Riesner.El pueblo de Lago se encuentra indefenso ante el retorno de un grupo de forajidos que están a punto de salir de la cárcel; antes, ellos mataron al alguacil Jim Duncan porque estaba a punto de denunciar la minería ilegal en el pueblo, pero nadie de la comunidad hizo nada por detenerlos. En secuencias cuidadosamente vagas, Eastwood nos muestra el asesinato de Duncan, cuyo rostro se mezcla con el del forastero. Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973, dir. Clint Eastwood) Duncan se parece a él porque lo interpreta el doble de Eastwood, Buddy Van Horn, que en el claroscuro se confunde con el director; el fundido, además, nos da a entender que el forastero está recordando su propia muerte. Aunque no llega a quedar clara la identidad del protagonista, el tono de Eastwood a lo largo de toda la película insiste en una entidad espectral. Antes de morir, Duncan (su voz, idéntica a la de Eastwood) maldice al pueblo —Damn you all to hell!—, y el vengador llega a cumplir la sentencia: cuando aparece mata a tres hombres y viola a una mujer; en el desenlace, después de abusar de su importancia para repeler a los forajidos, obliga a los habitantes a pintar todo de rojo y él mismo le cambia el nombre a Lago por “Hell”, o “Infierno”. Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973, dir. Clint Eastwood) Cuando los forajidos finalmente llegan, el forastero se ausenta y deja que sometan al pueblo. Eastwood parece bajo la influencia de Sergio Leone —su director en la Trilogía del Hombre Sin Nombre—, enfrentada al western clásico de Hollywood. Infierno de cobardes es su tercer largometraje como director, y en sus decisiones de tema y estilo uno puede verlo rechazar a John Ford, en particular. Si para el viejo maestro la comunidad era el pilar de la vida estadounidense, aquí es una tumba para los honestos; un semillero de oportunistas. A diferencia de Ethan Edwards (John Wayne) en Más corazón que odio, el sadismo del protagonista es innegable y explícito; hasta el lenguaje llega a ser soez. A menudo nos encontramos con decisiones que transgreden el sosiego del estilo clásico, entre ellas, un plano filmado con cámara al hombro en el que vemos al protagonista observando los edificios rojos, y otro en la que vemos una balacera desde la perspectiva de los forajidos. Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973, dir. Clint Eastwood) Pero este Eastwood iría cediendo. La violencia y la modernidad de Sergio Leone y Don Siegel —quien lo dirigió en otro western brutal, El seductor (1971, The Beguiled)— irían desapareciendo conforme Eastwood avanzaba en su carrera. Por casualidad se vio forzado a dirigir un western más en los setenta, El fugitivo Josey Wales (1976, The Outlaw Josey Wales), que solo pretendía estelarizar bajo la dirección de Philip Kaufman. Eastwood, que también era el dueño de la productora, la famosa Malpaso Productions, despidió al director y guionista porque sus ideas sobre la trama entraron en conflicto, y acabó tomando las riendas.Kaufman se quejaría de la película, que le parecía demasiado fiel al imaginario fascista —en sus palabras— de la novela The Rebel Outlaw: Josey Wales. Kaufman posiblemente se refería a los ataques del autor Asa Earl Carter al ejército de la Unión, que permanecieron en la película, pero su opinión ignora cómo el protagonista termina creando su comunidad al estilo de John Ford, con personajes de diversos grupos étnicos. En una escena, Josey Wales (Eastwood) hace las paces con un jefe comanche, en vez de enfrentarlo. Como director, Eastwood estaba haciendo las paces también con el optimismo del western clásico, que solía resolver hasta los desastres con desenlaces felices, ya fueran ambiguos o muy claros.Casi una década después, Eastwood estrenó El jinete pálido en competencia en el Festival de Cannes. Ya ese era otro cineasta que había comenzado a aparecer en El fugitivo Josey Wales, pero en su tercer western se muestra bien claro: muchas de las nociones en Infierno de cobardes, desde la mezquindad de un pueblo hasta la violencia sexual como forma de venganza dan vuelta por completo; el lenguaje soez desaparece y el personaje no es ni siquiera un rencoroso fantasma, sino un predicador guerrero invocado por una plegaria para resistir a una minera que planea desahuciar a un grupo de prospectores y sus familias.El Eastwood perverso educado por Leone y Siegel da paso al humanista romántico que sigue los pasos de John Ford, Fred Zinnemann y Anthony Mann. El jinete pálido parece un conmovedor acto de penitencia, cuya imaginería denota hasta los claroscuros luminosos de Ford. Más corazón que odio (1956, The Searchers, dir. John Ford) | El jinete pálido (1986, Pale Rider, dir. Clint Eastwood) Esto no quiere decir que Eastwood se abstenga de complicaciones morales en una trama simple. Si el origen del predicador interpretado por él mismo es en apariencia místico, sus conductas son terrenales cuando se trata de líos románticos y su pasado violento, que permanece sin contar hasta el final de la película. Quizá se deba en parte a que Eastwood suele proyectar una imagen de sí mismo cuando actúa: trece años después de Infierno de cobardes, ya no deseaba ser percibido como una figura cruel, pero tampoco prefería la idea de un santo. Eastwood parece preparar la imagen de seductor responsable que culmina en Los puentes de Madison (1995, The Bridges of Madison County), donde otra vez un forastero llega a un pueblo a transformar vidas. Discutiblemente, es otro western sin vaqueros.Con el sombrero bien puesto o sin él; terrenal o emergido de otra orilla insólita, Clint Eastwood es omnipresente; su ascensión del rencor a la justicia lo llevó a convertirse en un director canónico que ya no repelía a su público: lo juntaba en una sala para enseñarle la clase mundo que podían construir juntos. Y siempre que lo necesitaran, lo encontrarían bajo una piedra o al crujir la madera.