03 · 15 · 21

Marihuana: el monstruo verde

Por: Rafael Aviña

Desde su llegada a nuestro país, Yopes Bohr Elzer, mejor conocido como José “Che” Bohr, se avocó a la creación de un estilo y una temática sin desarrollar en México: el cine gangsteril, policiaco y criminal con toques musicales y de humor que poco a poco fue adquiriendo tonos más oscuros y siniestros. Nacido en Bonn, Alemania, en 1901, y muerto en Oslo, Noruega, en 1994, Bohr trasladó de algún modo su vida aventurera a la pantalla grande. Su familia dejó Alemania para instalarse en Constantinopla y en breve partirían para Argentina y después a Chile. Ahí, alternó los oficios de contador en una compañía marítima y pianista en una sala cinematográfica.

José "Che" Bohr

José “Che” Bohr

A los 18 años de edad produjo noticieros fílmicos y dirigió un corto cómico y a los 19, escribió, dirigió y actuó el corto Mi noche alegre o Las parafinas en un intento por imitar el cine de Charles Chaplin. Poco después creó las compañías productoras: Bohr and Radonich Magallanes Film Company y la Bohr & Ivovich Patagonian Film Company con las que realizó películas de varios géneros. Hacia 1925 viajó a Brasil y Uruguay, regresó a Argentina como fotógrafo de noticieros y después como compositor de canciones, chansonnier y bailarín en la radio y el teatro de Buenos Aires. En el ocaso de esa década de los veinte, probó suerte en Nueva York como cantante y bailarín y como actor en el cine hispano que empezaba a cobrar fuerza realizado en doble versión (español e inglés) y actuó en cintas como: Sombras de gloria (1929, dir. Andrew L. Stone), Así es la vida (1930) y Hollywood, ciudad de ensueño (1931), ambas de George Crone.

Llegó a México al inicio de los treinta y consiguió protagonizar, editar, musicalizar y codirigir, con Raphael J. Sevilla, La sangre manda (1933), escrita por el periodista Carlos Noriega Hope con diálogos de Eva Limiñana “La Duquesa Olga”, que se convertiría en su principal cómplice cinematográfica y en su esposa. A esta, le seguirían: ¿Quién mató a Eva? (1934), Luponini de Chicago (1935) y Marihuana, el monstruo verde (1936), asistido por un muy joven Roberto Gavaldón. El filme que abre con la siguiente leyenda: “Producciones Duquesa Olga se honra en dedicar esta obra al activo y eficacísimo Cuerpo de Policía de México, el cual considera esta producción como la demostración más fiel de parte de la técnica policiaca actual”.

Desde el título mismo, Marihuana, el monstruo verde se erige como una instantánea obra de culto del cine mexicano. Con una estética similar a la del futuro y vilipendiado Ed Wood, el filme, sigue los avatares de un grupo de traficantes de marihuana y sus víctimas, en un muy entretenido relato de aventuras narcóticas.

Raúl Devoto (el propio Bohr, autor a su vez de la adaptación y el montaje), hijo de un doctor (Alberto Martí), que combate la drogadicción y la distribución de marihuana en colaboración con la policía, es secuestrado por un grupo de traficantes. Ellos son: Antonio (René Cardona), que trabaja de incógnito como su chofer, “El Sapo” (Carlos Baz), “El Indio” (un joven Emilio Fernández) y una pareja juvenil que ha caído en las garras de un vicio que “destruye el alma de sus víctimas”: Irene y Carlos (Lupita Tovar y Barry Norton). El Indio muere acribillado por la policía en la frontera, pero antes, ha convertido a Raúl en un adicto, quien toma su lugar como jefe de la banda “El monstruo verde”. Sin embargo, Raúl enloquece y arroja al Sapo desde un avión en el que transportan marihuana y más tarde muere en el sanatorio de su padre, luego de estrellarse la aeronave.

Se trata de un filme desquiciante —esos juegos de luces que utiliza el comandante Ángel T. Sala para interrogar a los narcos—, con audaces y ágiles movimientos de cámara y un argumento fantasmagórico que anticipaba, por ejemplo, el asunto del tráfico de sustancias ilícitas que retomaría en breve Alejandro Galindo en Mientras México duerme (1938). Al inicio, se aprecia a hombres y mujeres fumando marihuana y los titulares de los diarios que informan de la llegada de la droga a Estados Unidos y después a México, al tiempo que el jefe de policía (David Valle González) dice: “Por eso, el Cuerpo de policía de esta ciudad ha declarado guerra sin cuartel a estos, los destructores de la salud moral de nuestro pueblo”.

A una mujer traficante que ha enloquecido por la droga, le suministran un compuesto de peyotina y marihuana para estudiar sus nocivos efectos, al tiempo que el Dr. Devoto dice frases como: “El asesino mata la carne…estos matan el espíritu”, en un filme en que participaban además: Sara García, como una cocinera sorda, Manuel Noriega, Arturo Manrique “Panseco”, Consuelo Segarra, Roberto Cantú Robert (futuro director de la revista de cine Cinema Reporter), Clifford Carr, Max Langler y Víctor Junco de extra.

La cinta del “Che” Bohr, coincidía ese mismo año de 1936 con los exitosos y delirantes melodramas moralistas estadunidense: Marihuana. Asesino de la juventud/ Marihuana, de Dwain Esper, y Reefer Madness: Cuéntale a tus hijos, de Louis J. Gasnier. El primero, acerca de una jovencita que al fumar marihuana queda embarazada y termina convirtiéndose en traficante. El segundo, un relato propagandístico y de explotación excesivo y risible, centrado en los efectos de la marihuana en un grupo de muchachos que enloquecen por su consumo.