16 · 06 · 26 Los encuentros cercanos de Steven Spielberg Compartir en twitter Compartir en facebook Compartir con correo Copiar al portapapeles Alonso Díaz de la Vega Posiblemente el extraterrestre no sea más que la actualización del demonio. Y tal vez el demonio y el fantasma y otros monstruos no sean más que el cuerpo del malestar mental y del trauma. Desde hace unas décadas, la psicología ha estado planteando la posibilidad de que los recuerdos de abducción sean una forma de reprimir un episodio insoportable. En la cultura popular se ha difundido tanto la idea de que los extraterrestres insertan sondas por los orificios del cuerpo humano, que en un episodio de Los Simpson (The Simpsons, 1989) Homero es secuestrado por una nave espacial y comienza a bajarse el pantalón para, en sus palabras, darle prisa al mal paso. Esto se sumaría al argumento de que la abducción es una metáfora de la modernidad hipertecnológica para protegernos de los recuerdos de abuso sexual.En la ficción, los monstruos siempre han funcionado como significantes: manifestaciones del miedo al deseo (Drácula); a la tecnología y el complejo de Dios (el monstruo de Frankenstein), y a las culturas interpretadas desde la mirada occidental —racista— como mágicas (la Momia). Si bien el secuestro a bordo de una nave espacial para experimentar con las víctimas describe el trauma de la invasión corporal, el extraterrestre por sí mismo es un símbolo de otredad. La ciencia ficción del Hollywood de los años cincuenta a menudo lleva incrustado un temor a los Otros (los soviéticos, los comunistas), ante quienes urge mantener abiertos los ojos, ya que podrían invadir y destruir el mundo (Estados Unidos). Lo que más describen películas como Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953) y Muertos vivientes (Invasion of the Body Snatchers, 1958), desde el solo título, es la paranoia del imaginario imperial, aterrado de la infiltración y el desmantelamiento.En medio de esta tendencia destaca una de las películas favoritas de Steven Spielberg: El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951), de Robert Wise. En ella, el Otro es una figura cristiana, un extraterrestre ilustrado que viene a difundir la armonía universal y acaba destruido por la estupidez humana. Como a un Cristo moderno, lo revive su androide y juntos ascienden en su nave tras dejar una advertencia bíblica: si la humanidad entera hace las paces, se unirá a una liga interplanetaria; si no encuentra la concordia, será destruida. Es un mensaje importante para el público estadounidense en medio de la Guerra Fría y de la patriotería desatada por vencer a sus enemigos en Europa y el Pacífico. Steven Spielberg: El día que paralizaron la Tierra (The Day the Earth Stood Still, 1951, dir. Robert Wise) La influencia de Wise sobre Spielberg es notable en sus propias películas de extraterrestres: los encuentros son a menudo un desvanecimiento de las fronteras entre una persona no humana y niños o adultos llenos de fe (próxima ya a los tropos del cristianismo, aunque el director es judío). Solo en La guerra de los mundos (War of the Worlds, 2005) Spielberg representa a los extraterrestres como presencias malignas, pero su humanismo basado en los liberales del Hollywood clásico (especialmente el contradictorio John Ford) lo hace buscar por lo general una comunión. La fuente de este deseo no es, sin embargo, la pura bondad, sino los traumas individuales y colectivos: el extraterrestre es una ficción que expone y alivia a la humanidad. A su modo pesimista, hasta La guerra de los mundos incluye estos temas, ya que Spielberg parece siempre haber entendido al extraterrestre como un signo: un conducto para hablar de cosas que normalmente no se vincularían con ellos, como la desintegración familiar.La primera película de Spielberg sobre un contacto con seres de otro planeta se trata en realidad de un padre ausente que busca algo superior a su vida familiar y termina encontrándolo en otra mujer que comparte sus aflicciones. Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977) es protagonizada por Ray Neary (Richard Dreyfuss), un electricista de Indiana que tiene un encuentro con naves misteriosas y, desde ese momento, vive obsesionado con la imagen mental de un cuello volcánico. Su familia sufre por su obsesión y lo abandona, lo cual describe sutilmente la historia de un hombre luchando con el estrés postraumático.Spielberg creció en una generación donde muchos de los padres (incluido el suyo) eran veteranos de guerra. Aunque Arnold Spielberg tuvo una experiencia relativamente ligera, gracias a él su hijo conoció a hombres que de algún modo se quedaron allá, donde mataron y casi murieron. Ray parece representar a quienes volvieron cambiados de Normandía y Midway: cuerpos huecos que aliviaban los malos recuerdos con bourbon.A la mitad de la película, Ray descubre que su imagen mental es idéntica a la Torre del Diablo, en Wyoming, y se dirige allá sin saber por qué. Un detalle pequeño pero importante aparece cuando Ray se reencuentra con una mujer de su comunidad en Indiana, Jillian Guiler (Melinda Dillon), madre soltera de un niño que fue secuestrado por las naves en un episodio aterrador: a Ray y a Jillian los vincula el trauma. Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1977, dir. Steven Spielberg) Esta pequeña yuxtaposición, que sigue en un plano a Ray corriendo desde un lado, y a Jillian desde otro, hasta que se abrazan, la esperaría de una película romántica. Quizá se deba a que los encuentros cercanos del título no son los de una especie inteligente con otra, sino los de una pareja capaz de darse un entendimiento inaccesible para la gente común. Este motivo regresaría en Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998) cuando el veterano homónimo le ruega a su esposa: “Dime que soy un hombre bueno”; ella lo mira desconcertada. Es imposible para ella, que no alberga los traumas de la guerra, entender el sacrificio de quienes salvaron la vida de su esposo.Ray y Jillian se terminan besando en Encuentros cercanos…, como si la familia de él no hubiera existido, y luego él acepta la invitación de los extraterrestres a viajar con ellos. Parece una justificación del padre ausente, pero si bien Spielberg es un cineasta sentimental, no es irreflexivo. Cinco años después narraría la perspectiva de los abandonados en E.T. el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982).La película inicia durante la noche en que un visitante de otro planeta es perseguido por agentes del gobierno y se queda varado en la Tierra. Mientras tanto, un niño solitario es ignorado por su hermano y molestado por sus amigos. Elliott (Henry Thomas) y el resto de su familia han sido abandonados por su padre, que se fue con otra mujer a México. El extraterrestre no es solo un náufrago intergaláctico: es la necesidad de amor de un niño concentrada en una criatura inverosímil por diseño. E.T. no parece un botánico del espacio, sino una mascota: es torpe, tira las cosas, se deja disfrazar por la hermana menor de Elliott y ronronea como gato. Su apodo junta la primera y la última letra del nombre del protagonista porque es invocado por él, y sus diferencias se desvanecen gracias a una conexión psíquica similar a la de Ray, Jillian y los visitantes de Encuentros cercanos…En la escena más divertida de E.T., Elliott se encuentra en clase a punto de diseccionar una rana con la niña a la que le gusta, pero entonces comienza a sentir los afectos de su nuevo amigo, que al explorar el refrigerador se encuentra con un six de cervezas y con El hombre quieto (The Quiet Man, 1952), de John Ford, en la televisión. Elliott se emborracha y actúa como John Wayne. A Spielberg se le celebra mucho por su puesta en escena, es decir, por la forma en que dispone los elementos (cuerpos y objetos) en el espacio y mueve la cámara a su alrededor para ir brincando entre composiciones sin cortes de por medio. Pero poco se habla de la inteligencia de su montaje, que en esta secuencia nos muestra el vínculo de E.T. y Elliott, y del propio Spielberg con Ford. E.T. el extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982, Steven Spielber) El montaje en paralelo aparentemente sencillo indica que para el joven Spielberg el cine de Ford ofrecía el consuelo y la comunión que E.T. le brinda a su amigo humano. Los Fabelman (The Fabelmans, 2022), una autoficción, dice lo mismo: para el protagonista, recrear las imágenes de Cecil B. DeMille significa una posibilidad de controlar su entorno, pero en su adolescencia descubre que ha vivido una ilusión. En el metraje que filma de un viaje vacacional, Sammy (Gabriel LaBelle) encuentra que su madre está enamorada de un amigo de la familia, y él de ella. De nuevo, la desunión familiar se centra en el imaginario de Spielberg.Este tal vez sea el punto más interesante de La guerra de los mundos, donde Ray Ferrier (Tom Cruise), un mal padre (otra vez llamado Ray, como el de Encuentros cercanos…), se ve forzado a cuidar a sus hijos un fin de semana, pero en ese momento empieza una invasión extraterrestre. No es coincidencia, sino otra vez una invocación: la familia está en riesgo por la irresponsabilidad de Ray, a quien Cruise interpreta con rabia y malicia, evidentes cuando se aferra a observar una tormenta amenazante con su hija en el patio.Imagen 8La guerra de los mundosLa guerra de los mundos además representa la paranoia estadounidense frente al ataque a las Torres Gemelas en 2001, pero también el escepticismo ante las invasiones de Afganistán e Irak, unos años antes. El hijo mayor de Ray se aferra a combatir a los extraterrestres con el ejército, y su padre le ruega no hacerlo. Spielberg no celebra la necedad belicosa de Robbie (Justin Chatwin); más bien la percibe como inmadurez. En esto se asoma el moralismo fordiano de Cuna de héroes (The Long Gray Line, 1955), donde Tyrone Power, en el papel de un maestro de natación en West Point, se lamenta: “Les enseñamos: deber, honor, patria, y luego los mandamos a que los maten”. La compasión de Spielberg se vierte en Ray y Rachel (Dakota Fanning), que le suplica a su hermano mayor no dejarla sola. En su afán de combatir, Robbie resulta más egoísta que Ray, y los estadounidenses, en general, parecen en la película tan monstruosos como los invasores por su falta de solidaridad entre sí.Todo esto nos lleva a El día de la revelación (Disclosure Day, 2026), que junta muchos de los motivos anteriores, si no es que todos: hay una fusión entre humanos elegidos y los extraterrestres, hay vínculos arriesgados por la prueba de fe. A ello se suman una humanidad en crisis (al comienzo de la película parece que se avecina la guerra nuclear), el sacrificio de un grupo de gente por revelar la verdad (esto remite a The Post [2017]), y la imagen como una posibilidad de pausar y cambiar el mundo.De E.T. regresa uno de los aspectos más importantes en El día de la revelación: el maltrato de los extraterrestres, de los Otros. Daniel Kellner (Josh O’Connor), un informante en la huida de una agencia privada que supervisa el contacto con seres de otros planetas, explica que la imagen de uno de ellos sufriendo es lo que lo obliga a revelar la verdad al mundo. El cierre de la película me conmueve porque vemos a la humanidad confrontada con la maravilla de las visitas interestelares, pero también con la crueldad de los anfitriones: nosotros. Volvemos a Robert Wise: la Tierra se detiene y se queda con una pregunta deliberadamente irresuelta. Ahora que sabemos, ¿qué sigue? Es una cuestión importante en nuestro tiempo de revelaciones: de los archivos Epstein y del abuso en las prisiones israelíes. ¿Qué vamos a hacer al respecto? Los extraterrestres pueden existir o no, pero nuestra ficción no nos habla de ellos, sino de los Otros con los que no logramos comulgar aquí en la Tierra. El cine no puede salvar al mundo; eso depende de sus espectadores.