09 · 14 · 21

La visión precortesiana según nuestro cine

Por: Rafael Aviña

La representación del mundo antiguo previo a la conquista de México y a la propia llegada de los españoles a través de la imagen fílmica es más bien escueta. No obstante, hacia 1918, el cine nacional afrontaba el retrato del último emperador azteca: Cuauhtémoc (1496-1525), en la película homónima dirigida por Manuel de la Bandera a partir de una puesta en escena teatral de Tomás Domínguez Yáñez. Estrenada en el mítico Salón Rojo en julio de 1919, Cuauhtémoc era una suerte de apasionada revaloración del hijo de Ahuizótl y primo de Moctezuma Xocoyotzin, coronado cuando los españoles fueron expulsados de una Tenochtitlan destruida por el hambre y la viruela. Uno de los primeros relatos nacionalistas que se concentraba en el atroz tormento del tlatoani, al que se le untó en pies y manos aceite para ser expuestos al fuego, así como su posterior muerte en 1525.

En 1925, el antropólogo Manuel Gamio dirigió y escribió el corto Tlahuicole, inspirado en la obra homónima suya, sobre el osado guerrero tlaxcalteca cuyo valor impresionó a Moctezuma Xocoyotzin, quien le devolvió la libertad al ser apresado durante las “guerras floridas”, aunque este la rechazó. Fue sacrificado en una rueda giratoria atado a la cintura; pese a ello, consiguió matar a ocho guerreros aztecas y herir a una veintena más. El corto es un registro de la puesta en escena en la que participaron las profesoras de la Escuela de Educación Física y personal escénico de la Escuela Popular de Música. La obra se representaba al aire libre en el Teatro de la Naturaleza creado en San Juan Teotihuacán y fue enviado a la exposición mexicana celebrada en Los Ángeles, California en ese año de 1925.

En cambio, Zitari (El templo de las mil serpientes) (1931), de Miguel Contreras Torres, corto de 25 minutos filmado en Chichén Itzá y Uxmal, Teotihuacan, Palenque y Chiapas, era una historia ficticia que narraba dos tramas paralelas: la de la princesa azteca Zitari que ofrece flores a los dioses y ella misma en época actual en las zonas arqueológicas —interpretada por Medea de Novara, esposa del realizador—. Zitari fue recuperada por la Filmoteca de la UNAM con la ayuda de Medea de Novara o Hermine Kindle Futcher.

Retorno a Aztlán (1989, dir. Juan Mora)

Retorno a Aztlán (1989, dir. Juan Mora)

Otra princesa azteca: Citlali que encarna Magda Arvizu, hija de Moctezuma (Crox Alvarado), se enamora del huejotzinga Nonoatzin (Jaime Fernández), enemigo de su padre, que es derrotado por Tlaltecatzin (Armando Silvestre) y luego es ofrendado a la diosa Coatlicue, lo que provoca el suicidio de Citlali. Se trata de la primera parte de Las rosas del milagro (1959), de Julián Soler. Una fantasía precortesiana con guerreros aztecas y huejotzingas y sacrificios humanos, cuyo clímax es la llegada de Hernán Cortés.

25 años más tarde, el cine mexicano retomaría de nuevo las tramas precortesianas como lo muestra Tlacuilo (El que escribe pintando) (1984), de Enrique Escalona, mediometraje documental de animación, centrado en los códices aztecas donde las figuras y los colores tienen un valor fonético. Se inspira en los estudios y publicaciones de Joaquín Galarza sobre la pictografía náhuatl, para la lectura de códices prehispánicos, ejemplificándolo en la primera página del Códice Mendocino. Concluye esa visión de nuestro cine previa a la llegada de los españoles con un par de relatos que hurgan en la mística indígena y el onirismo mágico precortesiano: Ulama. El juego de la vida y la muerte (1986), de Roberto Rochín, y Retorno a Aztlán (1989), de Juan Mora. La primera, contó con la asesoría arqueológica de Felipe Solís y obtuvo, entre otros, el Ariel a la Mejor Ópera Prima. Fascinante mezcla de ficción y documental que se centra en la historia del juego de pelota de la cultura mesoamericana, desde la época prehispánica a la actualidad. Describe la fabricación de las pelotas de hule y explora las ruinas de los lugares donde se practicaba a través de una amplia gama de recursos visuales e imágenes delirantes.

Retorno a Aztlán concibe una atrayente y colorida épica indígena, ambientada en los últimos años del imperio azteca, antes de la llegada de los españoles. Hablada en su totalidad en náhuatl y filmada en Malinalco, relata la historia del viaje de un guerrero-sacerdote a Aztlán en la época de Moctezuma I (Rodrigo Puebla), el noble Tlacaelel (Amado Zumaya) y el campesino Ollín (Rafael Cortés), que inician un viaje mágico en busca de la diosa Coatlicue (Socorro Avelar y Socorro Ruiz), para salvar al pueblo de una terrible sequía. Apoyado en el gran fotógrafo Toni Kuhn y la música de Antonio Zepeda, Mora consigue un espectáculo visual de enorme belleza plástica y un extraordinario trabajo de maquillaje a cargo de Julián Pizá. Una sensible obra fílmica que apostaba por una trama arriesgada consciente que su presupuesto no podía competir con mega producciones como la fabulosa y posterior épica prehispánica hollywoodense Apocalypto (2006), de Mel  Gibson, centrada en el pueblo maya y hablada en esa lengua.