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“La crítica tiene que ver con incendiar los imaginarios”: diálogos entre Francia y México en el 24° FICM

Celebrando el bicentenario de las relaciones diplomáticas entre México y Francia en el marco del 24° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), se llevó a cabo la charla “80 años de crítica cinematográfica: Diálogos entre Francia y México”. Moderado por el crítico y productor francés Jean-Christophe Berjon, el panel reunió a los críticos mexicanos Fernanda Solórzano y Alonso Díaz de la Vega.

Jean-Christophe Berjon, Fernanda Solórzano y Alonso Díaz de la Vega.

“Buenas tardes a todas y todos. Bonjour tout le monde. Vamos a, no hablar en los dos idiomas, pero sí claramente pensar desde los dos lados del Atlántico en esta reunión”, inauguró Berjon tras agradecer la presencia de los ponentes y el respaldo de la Embajada de Francia en México.

El pretexto del diálogo fue la conmemoración del 80 aniversario del Syndicat Français de la Critique de Cinéma (SFCC), gremio formado con el objetivo de salvaguardar la libertad de pensamiento y la creación fílmica a través de plataformas como la Semana de la Crítica de Cannes, evento paralelo al Festival de Cine de Cannes creado por ellos. A partir de este referente, la conversación trató sobre el presente del oficio: las tensiones éticas frente al mercado y la cultura algorítmica de redes sociales, las deficiencias de exhibición en México y la necesidad de entender la crítica no como un veredicto de consumo, sino como un ejercicio capaz de encender el diálogo.

Reflexionando sobre el trabajo en solitario o en colectividad para el desarrollo del punto de vista, Solórzano distinguió dos momentos en su labor: “El primero es muy solitario, casi necesariamente solitario. Introspectivo (...) y eso se puede volver una desventaja en estos tiempos de inmediatez”. En esta fase inicial, el esfuerzo radica en transformar la mera opinión en argumentos sostenibles para evaluar la película.

La segunda etapa consiste en compartir el texto en busca de colectividad y sentido de comunidad, “pertenencia que quizás se define, de entrada, por la pasión, por la voluntad y por la disposición para hablar de un fenómeno”. En ese tránsito, Solórzano señaló una paradoja constante en México: críticos que aspiran a la independencia intelectual pero operan dentro de estructuras corporativas que carecen de ella, lo cual termina condicionando las agendas editoriales.

“Ser crítico no se trata nada más de la difusión cultural, para eso están los periodistas. No es que sea uno mejor que otro, sino que tenemos funciones distintas (...); el crítico está en una especie de desequilibrio de poder con el cineasta y en una tensión constante. En ese sentido sí estamos solos”, puntualizó Díaz de la Vega. Para el autor, este aislamiento se agudiza cuando no se conecta con los lectores, no respecto a una cuestión de obediencia o consenso, sino por la incapacidad de encontrar interlocutores.

Fernanda Solórzano.

Ambos críticos cuestionaron los vínculos de dependencia entre la prensa tradicional o los creadores de contenido digital y las distribuidoras. “Si el periódico tal quiere seguir teniendo acceso a la entrevista privilegiada con tal actor o tal actriz (...), lícitamente va a tener que cumplir las reglas de no cuestionar jamás la película”, advirtió Solórzano. En sintonía, Díaz de la Vega propuso un paralelismo: “tendría el periodismo de espectáculos que tener la misma relación que el periodismo político tiene con senadores, gobernadores, presidentes”.

Bajo esta línea, enfatizaron la importancia de diferenciar al crítico del influencer: mientras el primero asume la tarea de desconfiar y cuestionar las imágenes, el segundo opera como un canal de difusión comercial.

Cuando Berjon les preguntó cómo hacer para resistir ante el mercado, que quiere el control sobre lo que se piensa, se dice y el cómo se reciben las películas, Solórzano apeló a la emancipación del espectador: “es un llamado a los lectores mismos, a las audiencias mismas, un llamado a discernir de dónde pueden surgir las opiniones”. Contrastó los entornos digitales actuales, donde la pauta comercial no suele evidenciarse, con las publicaciones impresas tradicionales, donde la separación entre contenidos editoriales e inserciones publicitarias siempre estuvo delimitada.

“Desafortunadamente estamos llegando a un punto en el que somos una especie en extinción. La crítica vive un momento difícil porque se ha normalizado la compra de opiniones”, sentenció Díaz de la Vega. Alertó, además, sobre el riesgo de engaño cuando algunos influencers se anuncian como críticos, haciendo creer a su audiencia que están frente a una opinión personal y fundamentada.

Solórzano remarcó que distinguirse no equivale a invalidar formatos ni establecer jerarquías. Reconoció en los creadores digitales la habilidad para convocar a los más jóvenes e introducirlos a reflexiones que muchas veces van a contracorriente del discurso oficial. Sin embargo, expuso la dificultad que ha encontrado al trasladar su trabajo a los medios digitales: “Me pasa muy seguido que me preguntan: ‘¿pero te gustó o no?’, a veces ni siquiera lo tengo y eso es muy incómodo para quien nos promueve”.

Jean-Christophe Berjon, Fernanda Solórzano y Alonso Díaz de la Vega.

Por su parte, Díaz de la Vega retomó su idea sobre la importancia del escepticismo hacia el crítico, así como del acercamiento desde el interés por discutir con el texto, con el crítico, entre críticos o con la película. Desde el otro lado, comentó que el crítico debe cuidar no caer en el rol de semáforo, “de decirle a la gente que vayan o que no vayan” porque todas las películas merecen ser vistas. Para él, el quehacer crítico consiste en compartir con las personas una posibilidad de abordar la película que trascienda el simple gusto: “Tiene que ver con incendiar los imaginarios”, lo que promueve la discusión sobre muchas otras cuestiones, como aspectos de la vida cotidiana o de lo político.

Berjon agregó que parte de la emoción que los críticos comparten es, sí hablar de las películas que les gustan, pero sobre todo es la posibilidad de abrir diálogos y discusiones sobre ciertos temas motivando a la gente a ver esos títulos.

Solórzano trajo a la mesa las complicaciones que devienen de la exhibición de cine en México, donde muchas películas de las que quiere hablar no ven la luz en pantallas mexicanas. A la hora de seleccionar qué títulos abordar, se inclina por aquellos accesibles a la mayoría para poder generar el diálogo y promover la ida al cine: “No siempre todo lo que se estrena es algo por lo que yo estaría escribiendo, pero quiero creer que también de ahí se puede sacar algo. Si son películas que pueden conectar a otras películas, ahí es como el pequeño caballo de Troya”.

Díaz de la Vega denunció la falta de políticas culturales orientadas a proteger la diversidad de títulos que llegan a cines mexicanos y expuso el dilema de la Cineteca Nacional, orillada a programar títulos netamente comerciales para compensar recortes presupuestales y generar su propia taquilla.

También mencionó la situación, cada vez más presente, de que se espera por parte del crítico una especie de guía de consumo. Como consecuencia, lo que le queda a los críticos del mundo es, desde su punto de vista, la militancia. Tener una postura clara sobre lo que se escribe, sostenida en argumentos que diferencian los puntos de vista y buscan la discusión, es parte fundamental del quehacer crítico, porque “si tú estás en redes, no sabes nada de la historia de la crítica y tu idea de la crítica, cuando tienes 16 o 17 años, se va formando con lo que vas viendo con influencers, con esta gente que siempre habla bien de todo, creerás que el crítico es el que promociona películas”.

Al abordar la formación de públicos, Berjon expuso que para el modelo educativo francés es esencial la educación en la imagen. En Francia, a lo largo del año se dedican programas especiales para que estudiantes de secundaria y preparatoria vayan al cine a experimentar películas que quizás no irían a ver por cuenta propia, con alguna intervención de algún crítico que da elementos para recibirla, comentarla e, incluso, para rechazarla. “¿Sienten o no sienten que podría ser parte de su misión y de su trinchera decir ‘vamos a abrir, crear ganas, abrir apetitos’ en el público escolar?”, preguntó.

Alonso Díaz de la Vega compartió sus observaciones respecto a estos programas educativos, los cuales cree que deberían ser una solución ejecutada por el Estado, pero cuyos problemas están arraigados en algo más profundo: en la concepción misma que hay de la educación, no como un mecanismo para producir ciudadanos inteligentes y críticos, sino obreros que funcionen al sistema. Puso como ejemplo los programas de literatura que no han cumplido con su objetivo de promover la interacción con los textos literarios esperados, siendo aún los bestsellers los verdaderos fenómenos culturales.

Desde su trabajo, él procura “una crítica que también sea un poco una forma de pedagogía, una crítica que comparta una forma de mirar, de tal manera que el lector sepa que hay muchas más posibilidades que simplemente ‘me gustó o no me gustó’ o ‘me identifiqué o no me identifiqué’, sino que hay todo un lenguaje inestable, extraño, mutante; un lenguaje que se puede entender si se le pone la suficiente atención”.

A esto, Berjon añadió: “no es bajar la exigencia que uno tiene que esperar de una película o del comentario crítico (...), sino de abrir el espacio para que sea festivo”. Solórzano se sumó a este punto de vista, remarcando la importancia de hacer que los lugares donde se exhiba y dialogue cine sean espacios seguros para la opinión de todos, en vez de generar el sentimiento de no tener “la autoridad suficiente para opinar”. En ese sentido, Díaz de la Vega destacó el tono accesible que Solórzano imprime en los videoensayos de Cine Aparte, el cual permite derribar algunos estigmas que se tienen de los críticos.

La conversación cerró en un ambiente distendido cuando Solórzano recordó sus primeros textos, los cuales describió como ilegibles y dirigidos a los críticos: “creo que todos hemos pasado por ahí en las primeras etapas, por inseguridad”, agregó. Como ejemplo, recordó a Anthony Lane, a quien disfrutaba leer por ser divertido en su escritura sin dejar de lado el rigor argumental.

Antes de abrir el micrófono a la audiencia, Díaz de la Vega concluyó con una advertencia hacia el propio gremio: “Estamos en el momento en el que tenemos que ser los encargados de difundirnos a nosotros mismos y de difundir la cultura de la crítica. Si nos cerramos todavía más con este lenguaje abstruso, con esta postura de viejo gruñón, lo que vamos a terminar logrando es enajenar todavía más al público”.