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Encontrar otras maneras de contar las historias: entrevista con Otilia Portillo directora de HIJAS DEL BOSQUE

Nuestra formación como humanos suele plantearse desde una dualidad, en donde se encuentran los saberes heredados y el conocimiento occidental. Pero ¿qué pasaría si cuestionáramos esa separación y observáramos cómo se relacionan estas formas de conocimiento a través de algo tan cotidiano como los hongos? Estas es una de las reflexiones que surgen del documental Hijas del bosque de la directora Otilia Portillo. 

En el marco del 24° Festival Internacional de Cine de Morelia, tuvimos la oportunidad de dialogar con Otilia Portillo sobre su proceso de exploración para realizar esta película.

Hijas del bosque
Hijas del bosque (2026) de Otilia Portillo.

FICM: ¿De dónde surgió el interés por los hongos y, en general, por hacer Hijas del Bosque?

Otilia Portillo: Esa pregunta siempre la repito, pero para mí es importante repetirla porque este marco implica que hay otras maneras de contar historias. 

Surge a partir de un ensayo de una escritora llamada Ursula K. Le Guin, que escribe mayoritariamente sobre ciencia ficción, pero hace un ensayo en el que habla sobre la forma de las historias. Ahí habla que, como abuelita, como mujer, muchas de las historias que leía sobre héroes en la ciencia ficción no la representaban, no representaban su historia de vida, no le interesaban mucho esas historias de héroes. 

Ella retoma la idea de una antropóloga, Elizabeth Fisher, quien dice que la primera herramienta humana fue un contenedor, un receptáculo, una cosa para transportar agua; por eso el ensayo se llama La bolsa [The Carrier Bag Theory of Fiction]. Ella dice: “esas son las historias que a mí me interesan. Las historias bolsa”. 

Y claro, para mí, cuando habla de la historia como un contenedor y no como una flecha, como arquetípicamente estructuramos las historias, ya sea dentro de un arco o dentro de una flecha, pues claro, esto representaba el reto de una historia medio tejida o un rizoma o algo como mucho más orgánico, que te recuerdan las plantas, la botánica. ¿Cómo está el mundo entrelazado? No, no es… ni la vida es como una flecha, ¿no? La vida es una serie de cosas que van pasando.

A partir de la idea del contenedor, Paola y yo habíamos platicado sobre las recolectoras de hongos, pero muy anecdóticamente, sin saber nada de los hongos.

En este momento coincide el COVID, cuando empieza el boom de los hongos. Digamos que los hongos ya van a ser el nuevo antidepresivo. También salió el libro de la Red de la vida [La red oculta de la vida] de Merlín Sheldrake. Por eso todavía se volvió más famoso y, entonces, como en este boom de los hongos, decía: “Bueno, y ¿las recolectoras dónde quedaron? ¿Las recolectoras que ya tienen una relación antiquísima con los hongos? ¿Dónde están? ¿Dónde están en este escenario y en estos saberes?”.

Empezamos, gracias a los doctores del Colegio de Postgraduados, que nos dieron un montón de clases de inicio, empezamos a entender cómo estos organismos sumamente sofisticados que también no eran lineales y desafiaban un montón de preconcepciones sobre la vida, cómo se da la vida y cómo se transforma la vida. 

Los hongos nos llevaron a las historias de estas mujeres, en particular, la historia de las alumnas de este colegio, pues son chicas cuyas abuelas eran recolectoras, sus madres eran recolectoras, pero ellas ya tienen ciertos estudios académicos, digamos, dentro de la Academia Occidental. 

Era súper interesante como ver esa interacción y cómo esos dos mundos se unían en unas personas, pero sin generalmente ser antagónicos. Digamos que esa es la versión larga de cómo llegamos a la historia: la canasta nos lleva a los hongos y los hongos nos llevan a estas jóvenes.

FICM: De alguna forma, mezcla estos conocimientos ancestrales con el conocimiento contemporáneo sobre los hongos. ¿Cómo buscaste establecer este diálogo entre estos dos mundos, estos dos conocimientos, sin poner uno por encima de otro o sin que pareciera que uno es más que otro? Justo esta dinámica de la academia tiende a ser percibida como la norma, lo que se establece. ¿Cómo fue este proceso?

Otilia Portillo: Y posicionándose como superior, ¿no? Porque también hay todo un tema de, por ejemplo, cuando hacen revistas científicas y buscan gente local y no se cita a las personas locales que fueron las que proveyeron el acceso a estas especies. 

Hay todo un tema de extractivismo. Creo que, en general, no nada más a la hora de los documentalistas, sino también en la academia. Entonces, desde un principio tuvimos mucho cuidado con eso, porque además también teníamos el antecedente de María Sabina, que es un antecedente fuerte en el mundo de los hongos, de un conocimiento que se extrae, se disemina y luego cambia y transforma completamente una comunidad. Entonces, había muchos antecedentes de alerta que sabíamos que teníamos que cuidar. 

Luego, la verdad es que Lizy [Elissete Ramirez Carbajal] y Juli [Julieta Serafina Amaya] en sí son personas que operan en varios conocimientos a la vez, sin que estos se opongan. O sea, para Juli, el hongo santo es un ser que también puede ver en un microscopio y realizarle una taxonomía, que es cuando lo mides y lo cortas. Para uno, a lo mejor, que es como racional, externo y occidentalizado, pues es como que no existen esas dos cosas a la vez. 

En el caso de Liz, ya había esta identificación intuitiva de los hongos desde antes de que lo llamaras taxonomía o clasificación. La abuela tenía ya en su cabeza clasificados 200 tipos de hongos. Es un conocimiento vastísimo que, si no fuera porque Liz lo publica en un libro, se hubiera perdido. Son pocos los que conocen tantas, tantas especies y su nombre original, el nombre Tlahuica Pjiekakjoo. 

No había contradicción entre sus universos, como a lo mejor para uno, que es muy racionalizado y entrenado en escuelas muy occidentales, la ciencia y los otros conocimientos no van. Quizás para mí también ese fue el gran aprendizaje, de humildad. Hay cosas que no entiendo y yo estoy tratando de imponer una mentalidad que es absolutamente subjetiva.

FICM: Y, en ese sentido, ¿cómo fue el acercamiento a las comunidades, a la familia para que no se sintiera esta parte externa o exotizante del conocimiento?

Otilia Portillo: Fíjate que fue gracias a los doctores. Siempre  los menciono porque, gracias a ese nodo de doctores que llevaban años trabajando con comunidades y con alumnos de muchísimas regiones de México, trabajando con hongos, es que, a partir de la confianza de ese grupo de trabajo, se construyó nuestra confianza. Por eso siempre siento que les quiero dar muchísimo lugar al Colegio Posgraduados y a los doctores académicos, porque no nada más se involucran muchísimo con sus alumnos.

De hecho, en la película ves que hay una relación muy personal entre las maestras y sus alumnas, hasta me acuerdo que alguna vez lo mostramos en el extranjero, cuando todavía no terminaba la película, que la muestra preguntaba: “¿Pero por qué se abrazan?”. Y yo: “porque la relación maestro-alumno en estos espacios es muy intensa”. Es una familia extensa. 

Entonces, es gracias a ellos, porque se volvieron no nada más los mediadores en todo, sino que fueron los asesores en todo el proceso, hasta la fecha. Es como tener un consejo en el que hay una científica mixe, que es la doctora Olivia; está la doctora Magda, que es de Texcoco y el doctor Jesús.

Todo pasa a través de ellos, cualquier manejo, porque cada comunidad con la que trabajamos tiene una distinta manera de operar y llevar sus formalidad de trabajo. Cada ser es distinto. Entonces, pues, es gracias a ellos y su experiencia de muchísimos años en campo que nosotros nos acercamos, básicamente, siempre a través de ellos. 

FICM: Me llama mucho la atención como parece que la naturaleza, el mundo de los hongos, es un personaje más dentro de la historia y la retratas como si fuera una cosa muy onírica. ¿Cómo fue ese proceso? ¿Cómo llegaste a esa conclusión de retratar a los hongos desde esa perspectiva? ¿Cuáles fueron tus referentes?

Otilia Portillo: Desde el inicio había esta idea de darle presencia a lo no humano, hay que darle subjetividad, hay que usar las herramientas del cine para proveerlo de un punto de vista y un punto auditivo. Entonces siempre existió. 

Ahora, en el proceso descubrí que una cosa es decir: “Le quiero dar punto de vista al hongo” y otra es hacerlo. Creo que fueron muchos intentos para llegar a cómo iba a ver, cómo iba a escuchar el hongo y cómo iba a sentir. 

Luego, ya hacia el final le dimos voz. Durante toda la película, durante todo el proceso de edición, los hongos no tenían voz como tal. Tenían presencia, tenían esa manera de transicionar entre escenas para que se sintiera medio micelial todo. El micelio es el tejido, el cuerpo del hongo, lo que está debajo de la tierra. 

Lo de la voz fue mucho después y fue una decisión que tuvimos que tomar con mucha conciencia, porque entendimos que eso estaba antropomorfizando un poco al hongo. Pero, por otro lado, decíamos: “Bueno existe esta concepción de que la voz humana tiene mucha emotividad”. 

Al final dijimos: “¿Qué pasa si le mantenemos una voz humana, pero le damos un tratamiento no humano?” Así le damos pluralidad. Por eso termina siendo una especie de voces murmurantes y hablan en zapoteco porque, al final los hongos le hablaron a Juli. 

Si tú crees que hablan o no, es un reflejo de de si aprendemos a escuchar o no, al final los hongos le hablan a ella misma. Juli nos lo dijo en algún momento. Cuando le preguntamos: “¿Pero hablan, hablan?”, nos dijo: “Hablan, hablan”. 

En ese juego entró darle voz, pero la exploración del punto de vista cinematográfico formal existía desde el inicio. Lo que pasa es que fue un proceso largo para encontrar exactamente cómo iba a ser esa forma y que, al final, termina siendo como collages, como imágenes compuestas. 

Grabábamos una parte, grabamos otra y luego la integrábamos como las partículas, el punto de vista, como enterrar la cámara. Fueron muchos intentos y, la verdad, es que muchísimos fallaron. Sí quiero acentuar que, en un proceso de experimentación, muchísimas veces lo que intentas no funciona. Queríamos que se sintiera como un hongo la película.

FICM: Y, finalmente, ¿qué te gustaría que el público de Morelia que vea el documental entendiera? ¿Qué mensaje te gustaría que ellos se quedaran después de ver la película?

Otilia Portillo: En este paisaje y escenario de desolación, donde las figuras que hoy más permean en los medios son muy antagonistas frente a la distopía que plantea el futuro, lo que más nos inspira es que vean las historias de estas mujeres. Que vean cómo transformaron sus vidas y sus entornos con lo que tenían a la mano, con algo aparentemente tan pequeño y tan vasto a la vez como un hongo.

A nosotros nos inspiraría mucho que esto nos lleve a replantear la idea de a quiénes queremos seguir; quiénes son los héroes que nos van a guiar para imaginar otro futuro.