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EL HOYO EN LA CERCA y otros relatos sobre las élites

Imperdibles

Rafael Aviña

Sin duda, una de las características del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) ha sido la búsqueda permanente de rastrear y exhibir relatos atípicos, trascendentales y neurálgicos que no sólo sacudan al espectador, sino que los lleven a descubrir ese otro cine mexicano que subyace dentro de la industria nacional más allá de la cháchara comercial. Por ello, no es casual que hayan coincidido en Morelia largos y cortos que proponen exploraciones profundas, atrayentes y reveladoras sobre un tópico original: el retrato de las clases altas en México, desde diversas posturas: trágicas, satíricas, cotidianas o en tono de feroz humor negro, como lo muestran: La zona, de Rodrigo Plá; Déficit, de Gael García Bernal; Daniel y Ana y Nuevo orden, de Michel Franco; Los muertos, de Santiago Mohar Volkow; Me quedo contigo, de Artemio Narro; Hilda, de Andrés Clariond Rangel; Post Tenebras Lux y el episodio Este es mi reino (de Revolución), de Carlos Reygadas; Los herederos, de Jorge Hernández Aldana; y los cortometrajes: Paradisio, de Rodrigo Ruiz Patterson, o Andrés, de Eduardo Lecuona.

Todos ellos, filmes que se sumergen en las paranoias y/o en los universos despreocupados de las clases privilegiadas de nuestro país, para mostrar esa otra cara de la realidad nacional poco abordada por nuestro cine, como lo representa una obra insólita vista en Morelia el año pasado y que esta semana llega a la cartelera: El hoyo en la cerca (México-Polonia, 2021), de Joaquín del Paso, acercamiento críptico al tema de las élites en México, centrado en la educación religiosa y el adoctrinamiento moral de las clases favorecidas que estallan en un campamento de verano como microcosmos de un horror que se gesta desde la infancia. Otra cinta atípica como lo fue su anterior y arriesgada obra: Maquinaria panamericana (2016), que mezclaba la realidad social con el absurdo y el esperpento cotidiano en una fábrica que funcionaba como un retrato de la precariedad de la sociedad mexicana.

El hoyo en la cerca

“Todo lo que no te lleve a Dios es un estorbo”, es una de las frases que dan la bienvenida a un grupo de adolescentes de una prestigiosa escuela privada que han llegado a un exclusivo albergue en Alpinia y Santa Cruz Otlata, en Puebla, para convivir varios días en una suerte de retiro espiritual que incluye adiestramiento físico, moral y religioso como preparación para formar parte de la minoría selecta y rectora del país en un futuro próximo. Ello, bajo la estricta vigilancia de un grupo de tutores que comanda el Profesor Monteros (Enrique Lascuráin) al frente de varios maestros entre polacos, mexicanos y un japonés que los ponen a prueba de manera constante (el episodio del pastel, por ejemplo) y les remarcan ideas como: “Mantengan los ojos abiertos y no se acerquen a los nativos” o “Lo esencial para sobrevivir: oxígeno, agua, comida, refugio o autodefensa… Para protegerse del mal: Jesús y nuestra fe…”.

En breve, el descubrimiento de una oquedad en una de las alambradas que protegen el campamento desatará una serie de situaciones terribles e inquietantes donde se impondrá la histeria y la paranoia y se restablecerá el orden, aunque para ello haya que eliminar a los más débiles y sensibles. Escrita por el propio Joaquín del Paso y Lucy Pawlak, y ganadora a Mejor Película en el festival de cine de El Cairo y Mejor Fotografía en Venecia, para Alfonso Herrera Salcedo, El hoyo en la cerca retoma ideas que gravitan en los idearios morales de organizaciones como el Opus Dei o Los legionarios de Cristo, y de las cúspides empresariales y del poder político y económico en nuestro país (no en balde, el colegio se llama Centro Escolar “Los Pinos”), para proponer una escalofriante disección de la formación de las élites: una suerte de huevo de la serpiente en un país cuyas abismales diferencias sociales son abrumadoras.

El hoyo en la cerca

Ejemplo de lo anterior: la visita que organiza la escuela para llevar “regalos” a la empobrecida comunidad que rodea el albergue. “Hay que portar con garbo nuestro uniforme, no es escuela pública…”. Y sobre todo, el retrato del clasismo y el racismo que establece la película; primero, el enfrentamiento entre el único alumno de tez morena El Chocorrol (Yubáh Ortega), víctima del acoso y la burla de sus compañeros, que cansado del bullying agrede a uno de sus compañeros, hijo de un Secretario de gobierno que llega al lugar en helicóptero. “Es un chico becado y pobre, sin modales”, comenta Monteros al Secretario, un exalumno del colegio a quien llama “Muñeco” y saluda de beso, y cuya esposa responde: “Ya es hora de que enseñen a comportarse a este salvaje”, además de que impiden que se den la mano.

Más terrible aun, el episodio con la pequeña nieta de uno de los jardineros del lugar (Bárbara Hernández) que es secuestrada, humillada y agredida, en una noche de locura y fuego donde se dividen los alumnos para un juego tradicional de rescate de banderines, como una suerte de paráfrasis de El señor de las moscas, de William Golding, la novela y las películas. El hoyo en la cerca se sumerge en aguas oscuras de la realidad nacional a través de alegorías y observaciones muy directas y lo hace con inteligencia y sensibilidad. Por supuesto no puede evitar algunas situaciones propias de los adolescentes algo burdas: el machismo, la homofobia y, a su vez, no se amedrenta ante otros instantes atroces como lo que ocurre con el chico enyesado y en muletas. Más que una denuncia, se trata de un relato provocador que muestra a un cineasta muy original preocupado por las estructuras sociales que se vale del suspenso, el horror, el drama, el thriller sicológico y un elenco de actores no profesionales, para ahondar en esos miedos, paranoias, imposiciones y designios de una nación convulsa.