02 · 26 · 26 José Emilio Pacheco y su obra fílmica Share with twitter Share with facebook Share with mail Copy to clipboard Rafael Aviña El cine es una de las aristas poco abordadas en la obra de uno de los grandes escritores mexicanos: José Emilio Pacheco (1939-2014). Tal vez, las evanescentes imágenes en las pantallas de las salas cinematográficas de su niñez fueron, quizá junto con la literatura, una de sus primeras pasiones y que salta a la vista en su obra narrativa: “Julia una vez te llevó al cine...”, frase del cuento “Tarde de agosto” del mismo libro, o aquel fragmento de El principio del placer (Joaquín Mortiz, 1972): “No lo van a creer, dirán que soy un tonto, pero de chico mis ilusiones eran volar, hacerme invisible y ver películas en mi casa. Me decían: espérate a que venga la televisión, es como un cinito en tu cuarto...”. José Emilio Pacheco Y no en balde su novela breve Las batallas en el desierto (Era, 1981) está dedicada al escritor Eduardo Mejía y a la memoria del cineasta Juan Manuel Torres, fallecido un año antes de la publicación de la misma, cuya obra, abundante en citas fílmicas y literarias, descubrió otros rostros de la Ciudad de México así como las aspiraciones sentimentales de los jóvenes en una sociedad moralista y reprimida, como lo muestran La otra virginidad (1974), La vida cambia (1975), El mar (1976) y La mujer perfecta (1977), protagonizadas por Meche Carreño, esposa del cineasta. La obra literaria de Pacheco le lleva no sólo a debutar en la pantalla grande, sino a coincidir en un momento particularmente intenso y propicio para dar cabida a una incipiente generación de cineastas entre escritores, actores, productores y realizadores, cuyas ideas e imágenes hacían eco con aquellos relatos de autores mexicanos que sorprendían por su magistral manejo del lenguaje y su habilidad para trastocar relatos cotidianos en tortuosos laberintos de imaginación, como sería el Primer Concurso de Cine Experimental en el que aparece El viento distante (Los niños) (1964), cuyo título entresacado del libro homónimo de Pacheco incluía tres cortos: En el parque hondo, inspirado en el bello y sensible relato infantil de José Emilio, protagonizado por dos niños, una tía solterona y una gata mimada, espléndidamente narrado por su autor y notablemente adaptado al cine por el debutante Salomón Laiter.El segundo corto, Tarde de agosto, historia de temores y sueños adolescentes, narrado excepcionalmente por Pacheco en segunda persona y adaptado y dirigido por Manuel Michel, que le valiera el Premio de Revelación infantil al debutante Rodolfo Magaña: un niño de 14 años huérfano de padre embelesado tanto por su enorme colección de novelas de aventuras bélicas, como por Julia (Gloria Leticia Ortiz), su prima mayor a la que ama en silencio, hasta que se topa de frente con la impotencia, la humillación y el desmoronamiento de sus ilusiones en la figura del novio de su prima (un joven Juan Ferrara).Finalmente, cierra con el corto Encuentro de Sergio Véjar, sobre un cuento de Sergio Magaña centrado en una pareja de adolescentes de un barrio popular y su cruda historia de amor. Encuentro (1965, dir. Sergio Véjar) Por esa misma época, José Emilio Pacheco sumaba a su trabajo como escritor el de redactor en el noticiero fílmico Cine Verdad del productor Manuel Barbachano Ponce y en breve, con la llegada del cine echeverrista, se integró a la industria fílmica como guionista apoyando a jóvenes cineastas como Arturo Ripstein a quien le dedicó su cuento “El principio del placer”.Por supuesto, su entrada al cine no es grata al sumarse con los créditos de “diálogos adicionales” a la adaptación de La otra mujer (1971), infame melodrama con Mauricio Garcés y Saby Kamalich en los papeles que 20 años atrás interpretaran Arturo de Córdova y Marga López en Mi esposa y la otra (1951). En ese año de 1971, Pacheco colaboraría sin crédito con Jorge Fons en la adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa, Los cachorros, junto con el realizador y Eduardo Luján con José Alonso en el papel de Cuellar, joven confuso, agresivo y frustrado al crecer emasculado por un perro.José Emilio Pacheco obtendría el Ariel al mejor Guion Cinematográfico junto con Arturo Ripstein por su trabajo en El castillo de la pureza (1972), inspirado en el curioso caso de Rafael Pérez Hernández, un hombre que mantuvo en cautiverio a su mujer y seis hijos, a quienes martirizó y obligó a preparar raticidas que él vendía, protagonizado por un notable Claudio Brook. El castillo de la pureza (1973, dir. Arturo Ripstein) Un año después, Pacheco y Ripstein trabajarían, asesorados por el fraile dominico Julián Pablo —futuro realizador de La leyenda de Rodrigo (1978)— y el rabino A. Herschberg en el guion de El santo oficio (1973), inspirada en el caso histórico de los Carvajal, familia judía-sefardita de la Nueva España del siglo XVI, torturada y despojada de sus bienes por la Santa Inquisición.Ambos escribirían el argumento de Foxtrot (1975), sobre un decadente grupo de extranjeros aristócratas que huyendo de la segunda guerra mundial se refugian sin privarse de lujos en una isla solitaria. Ese mismo año, Pacheco participó sin crédito en el guion de La pasión según Berenice, de Jaime Humberto Hermosillo, sobre una hermosa y joven viuda provinciana (Martha Navarro) que vive con su anciana y enferma madrina en un intenso y asfixiante estudio femenino.Asimismo, Pacheco colaboró junto con Tomás Pérez Turrent en el guion del espléndido documental Lecumberri (1976), de Arturo Ripstein, último testimonio en imágenes del siniestro “palacio negro”, y con el propio Ripstein inició la exploración de la provincia mexicana: sus mitos, fobias, hipocresías, doble moral y pasiones ocultas en El lugar sin límites (1977), según la novela de José Donoso con un gran Roberto Cobo, como La Manuela.Finalmente, la última adaptación fílmica de una obra de José Emilio Pacheco corrió a cargo de Vicente Leñero y el notable cineasta José Estrada, en Las batallas en el desierto. La inesperada muerte de Estrada provocó que Alberto Isaac asumiera la realización de la misma bajo el título de Mariana, Mariana (1986). Pacheco retrata sin piedad la época alemanista en la historia de un niño apabullado ante los cambios culturales y económicos a principios de los cincuenta, obsesionado con la madre de su mejor amigo en una de las novelas más hermosas y contundentes que se hayan escrito jamás. “De ese horror quien puede tener nostalgia”.