06 · 25 · 20

La representación de la comunidad LGBTTTIQ+ en el cine mexicano

By: Gabriela Estrada @dimegabito

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Presentamos una cronología cinematográfica sobre la presencia de la comunidad LGBTTTIQ+ en la historia del cine mexicano. Más que recomendaciones —aunque incluimos varias joyas imperdibles— se trata de una reflexión sobre lo mucho que queda por hacer y cómo el cine contribuye a la lucha en términos de representación y narrativas.

El lugar sin límites (1978, dir. Arturo Ripstein)

El lugar sin límites (1978, dir. Arturo Ripstein)

La homosexualidad como papel secundario

Durante 70 años del cine mexicano, las orientaciones sexuales, expresiones e identidades de género estuvieron limitadas a personajes secundarios. Yolanda Mercader, profesora investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana cuya línea de investigación abarca cine y género, así como cine mexicano, ubica al primer personaje homosexual del cine nacional. “Don Pedrito”, de la película La casa del ogro (1938, dir. Fernando de Fuentes), es un hombre amanerado y amable que funciona como soporte cómico en la narrativa, recurso al que aún se recurre no sólo en el cine nacional.

Existe presencia de hombres homosexuales en la Época de Oro del cine mexicano, aunque no explícitamente, sino de madera ridiculizada o excusada, tal es el caso de los charros donde se le atribuye al alcohol las libertades físicas que pudieran ocurrir en las cantinas. Algunos ejemplos son La tía de las muchachas (1938, dir. Juan Bustillo Oro), Papá se desenreda (1940, dir. Miguel Zacarías) o Las mujeres de mi general (1950, dir. Ismael Rodríguez).

La pantalla grande sale del clóset

Aunque la representación de las lesbianas en el cine ha sido casi inexistente, la primera película cuya narrativa se desprende de la heterosexualidad es Muchachas de uniforme (1951, dir. Alfredo B. Crevenna). El deseo nunca es explícito hasta el desenlace de la película cuando las protagonistas enfrentan un amargo final corroídas por la culpa.

Muchachas de uniforme (1951, dir. Alfredo B. Crevenna)

Muchachas de uniforme (1951, dir. Alfredo B. Crevenna)

La homosexualidad femenina volvería a pisar las salas de cine hasta los años setenta con la actriz Isela Vega como portavoz del nuevo erotismo, ya que fue de las pocas que aceptaban roles lésbicos en el momento; prevalecía la noción ideológica de sólo existir dos tipos de mujeres: las decentes y las “otras”. Las lesbianas entraban en la segunda categoría, por lo cual los personajes eran castigados o hipersexualizados.

Mercader ubica a la sexualidad como elemento base que define a las lesbianas, factor que prevalece hasta la época debido a la cosificación que los cuerpos femenizados enfrentan. En Las reglas del juego (1971, dir. Mauricio Walerstein) se observa dicho recurso a través del drama que gira entorno a Verónica, una vedette amante de las drogas, imbuida en una red de traficantes, extorsionadores y cabaret. Ella está dispuesta a todo para mantener su vida “desenfrenada”. Lo mismo ocurre en El festín de la loba (1972, dir. Francisco del Villar) donde Isela Vega encarna a una mujer obsesionada con el sexo. Esta película es interesante, pues expone a la perfección esos dos estereotipos, ya que entre sus múltiples amoríos se acuesta con su mejor amiga a quien orilla al suicidio (el castigo), mientras que Isela continúa atrayendo personas hasta ingresar a un convento como estrategia para seguir seduciendo mujeres.

El festín de la loba (1972, dir. Francisco del Villar)

El festín de la loba (1972, dir. Francisco del Villar)

La figura de la lesbiana prevalece, no como protagonista, sino como sinónimo de maldad y sexualidad desbordada, por ejemplo en Satánico pandemonium (La sexorcista) (1973, dir. Gilberto Martínez Solares) donde una monja poseída provoca orgías y asesinatos entre el resto de sus congéneres. Otro ejemplo que no pasa desapercibido es un tesoro del terror nacional: Alucarda, la hija de las tinieblas (1975, dir. Juan López Moctezuma).

La G sale a la vista un año antes con uno de los pioneros del cine LGBTTTIQ+ mexicano, Jaime Humberto Hermosillo, quien abre la conversación con la que muchos consideran la primera película gay mexicana, El cumpleaños del perro (1974) y otros filmes que incorporan narrativas alrededor de la diversidad sexual, como Las apariencias engañan (1983), la cual destaca por la representación de la comunidad trans, y Doña Herlinda y su hijo (1985), quizá, la más popular. Sin embargo, entre El cumpleaños del perro y Las apariencias engañan, Arturo Ripstein arremete con El lugar sin límites (1977), largometraje desgarrador, el cual introduce a un personaje provocativo que defiende su dignidad en un espacio marginado y patriarcal: “La Manuela”, un hombre gay que practica el travestismo y la prostitución. Se vislumbra no sólo el erotismo homosexual —exhibe el primer beso entre hombres en la historia del cine nacional—, sino la cruda realidad y la represión sexual de un México muy oculto en ese momento. En el mismo año se estrena Cuando tejen las arañas (dir. Roberto Gavaldón), un drama que gira alrededor de Lucía, una joven que sataniza a su padre por ser homosexual y a su madre por la activa vida sexual que mantiene. Más adelante, desarrolla alcoholismo y drogadicción y termina por asumirse lesbiana, sin embargo, el filme lo presenta como castigo, pues se ha convertido en todo aquello que aborrecía.

Doña Herlinda y su hijo (1985, dir. Jaime Humberto Hermosillo)

Antes de entrar al nuevo cine mexicano de los 90, donde las representaciones de la diversidad alcanzan un panorama más real y completo, vale la pena mencionar Frida, naturaleza viva (1983, dir. Paul Leduc). Se trata de un retrato a la vida íntima de la artista Frida Kahlo, donde rememora sus múltiples relaciones sexoafectivas bisexuales, entre otras cosas, sin embargo, destaca el énfasis que la dirección pone a las múltiples expresiones de género que ocupaba Kahlo. Este caso no llega a romper del todo con los estereotipos previamente descritos, sino que le otorga un permiso a la protagonista de ser diferente. Es entonces que observamos la importancia de la interseccionalidad, pues la clase está profundamente enraizada al género, hay a quienes se les permite habitar la diferencia y a quienes no.

De los años revisados en esta primera entrega podemos aplaudir la disrupción de los setenta donde los diálogos sobre la diversidad sexual comenzaron, a pesar de la profunda reprensión que se experimentaba, la cual el cine denunciaba. Sin embargo, la G acapara la visibilidad y el resto de las siglas quedan relegadas a estereotipos lastimosos y reduccionistas, si llegan a mencionarse. ¿Evolucionó el paradigma con el tiempo? Les invitamos a revisar nuestra siguiente entrega donde revisaremos la Nueva Era del Cine Mexicano, así como las producciones contemporáneas.