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Ganadores del 15° FICM: entrevista a Daniel Nájera Betancourt

Por: Berenice Andrade

Cuenta Daniel Nájera Betancourt que la historia de Vuelve a mí, película ganadora del Ojo a Cortometraje de Ficción Mexicano en el 15° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), le saltó a la vista en una ida al mercado por calditos de res. El realizador de Chihuahua encontró en ese mercado, casi en el abandono, la oportunidad para fijarse en la vida de esos otros a los que nadie piensa, en las tragedias cotidianas que suceden, sobre todo y como si cualquier cosa, en las zonas marginadas del país.

Con el apoyo del Programa de Estímulo a la Creación del Desarrollo Artístico (PECDA) y de sus amigos, Daniel logró concretar la historia de Rosita y Josué, un par de hermanos que llegan a la ciudad de Chihuahua para trabajar en un mercado. Allí Rosita conoce a Eulalio, un maleante que comienza a separarlos hasta que un día ella desaparece sin dejar rastro.

Daniel Najera Betancourt

Daniel Nájera Betancourt.

En entrevista, Daniel Nájera Betancourt detalla las intenciones y simbolismos de su cortometraje, y cuenta lo que significó para él ser parte del FICM.

¿De dónde surgió la idea de Vuelve a mí?

Este corto es en cierto modo mi intento de decirle a la gente que aunque nos hayamos separando, siempre los estaré recordando; aunque me haya tocado aprender a la mala. Y es lo que le pasa al niño, le toca aprender a la mala.

La historia no está inspirada en hechos reales, pero a la vez sí porque Chihuahua es famosa porque desaparece gente. Dije: “Qué tal que volteamos a la casa de atrás. Parece tranquila: unos hermanitos que están solos en la ciudad, como todos los que llegan de la sierra porque los mandó su familia”. Y lo que quise es ver la vida de ellos. Me atrevo a decir que no hay pornomiseria en el corto, no es que como “ay, la pasan mal porque no tienen dinero”. No, es la vida de ellos dos hasta que se separan. Es algo que le puede pasar a cualquiera.

Los personajes principales, el par de hermanos, no hablan, pero todos los demás alrededor, los que abusan de ellos, sí. ¿Estos silencios son una manera de mostrar simbólicamente la voz acallada de los desprotegidos? ¿Qué significa el silencio en Vuelve a mí?

Los sierrenos son muy callados. Hay una concepción para el sierreño, más para la gente tarahumara, que cuando convive con el chabochi u hombre blanco se corrompe, entonces no son muy fans de hablar. Pero dije: “No porque ellos no hablen, no significa que no resientan las cosas que les pasan”.

No tengo casi nada en común con estos personajes sierrenos, más que no soy la persona más articulada para decir algo. Buscamos siempre un puente —a veces superfrágil o destruido— para conectar, decirle a alguien que lo queremos sin tener que decírselo. “Te extraño, pero no me sale decirlo. Me dejaste, pero siempre te voy a amar”. Hay gente con la que siempre te quedas con ganas de decirle algo, pero no te sale.

Así vemos a este par de hermanos que se dicen sin decirse las cosas. ¿Cómo le dice una hermana a un niño “te voy a cuidar” sin decirle “¡hey, te voy a cuidar!”? Simplemente lo hace, está ahí, al pendiente de él. Este corto es sobre ese intento permanente de querer decir cosas que no te salen. Este corto es para escuchar esas voces calladas cuando pasan cosas.

Hay un plano que sucede después de la escena de violencia: una montaña, un rato. Lo que quise decir fue: “Eso que ven, esa violencia, está pasando atrás de una montaña, en un llano allá atrás, en otro barrio, ¿y quién sabe eso? Nadie. ¿Quién hace algo? Nadie. Son voces que se quedan calladas en las periferias. Probablemente le está pasando algo malo a una niña en el norte de la ciudad, y allá lejos, en un llano donde se escucha la música, quién sabe qué otra cosa mala está pasando, y seguramente, nadie va a estar haciendo nada al respecto.

Vuelve a mi

Vuelve a mí, de Daniel Nájera Betancourt.

La película no muestra de manera tremendista y estridente la violencia, de hecho, la desaparición de la niña se percibe como algo cotidiano, natural. ¿Cómo lograste mostrar la tragedia como algo cotidiano, sin ningún tipo de chantaje?

¿Cómo retratar una desaparición? Pues como en la vida: ¿Cómo fue la última vez que alguien vio a alguien que desapareció? Seguramente en una situación común, cotidiana. No es como “mientras tanto, en otro parte” y aparece la niña en un bote de basura, en una bolsa.

Lo que yo pretendía hacer era un corto partiendo de ver la vida como la ve el niño, desde su perspectiva. Decía un maestro que son como mosaicos de tiempo: “Me acuerdo del camino a Chihuahua, pinche camino largo, estaba el cielo y mi hermana. Luego me acuerdo de que cuando llegamos ya era bien noche y yo tenía sueño. Luego me acuerdo de que iba en el mercado, paseando, y los quesos, el queso ranchero con jalapeño estaba bien bueno, la señora gorda que estaba chismeando por ahí la escuchaba pasar. Me acuerdo de que nos invitaron a jugar, y había un chavo que estaba con mi hermana, y de repente mi hermana salió llorando, y me acuerdo de la última vez que vi a mi hermana”. Como que todos son fragmentos de la memoria, por eso no tienen música. En la vida de él o de nosotros no tenemos un soundtrack, todo es crudo, la suma de este recuerdo más otro.

Probablemente mi personaje se va a acordar de toda esta época en la que llegó a la ciudad y perdió a su hermana como se muestra en este corto: sin música, con ruido, la polvadera y la hermana que parece que se la llevó el polvo. Es más como una evocación: cómo sentía la vida más allá de cómo la veía. Traté de hacer una sensación, no hay nada efectista, no hay partes que te digan “llora aquí”.

¿Por qué contar la historia de esta manera?

Todo fue por experimentar. Yo creo que todavía no tengo un estilo, voy a probar esta voz. Probablemente el siguiente corto, por decir algo, va a ser un musical de reggaetón, o sea, algo que no he hecho antes, pero al final la búsqueda me va a nutrir. Puede que a nadie le guste, y qué chido que a nadie le guste porque entonces nadie me va a contar cómo hacer algo distinto.

Sería muy sencillo decir que encontré una formulita con la que me voy a seguir. No, tengo 28 años, estoy muy joven para decir que ya tengo mi voz. Yo lo veo como mis directores favoritos: ven al corto como un lugar para experimentar. Wes Anderson, Francis Ford Coppola, Julián Hernández hacen en sus cortometrajes lo que en los largos no les permiten, prueban. El corto es el lugar al que yo quiero regresar para probar voces, para saciar esa urgencia de expresar algo de otro modo.

Al ver Vuelve a mí, aunque se siente completa como cortometraje, también parece que podría contarse de una manera más extendida y detallada. ¿Lo llegaste a considerar?

Sí, teníamos material para una hora y cacho, pero la historia se sentía floja más larga. Por ejemplo, había planos muy largos, de pronto se sentía hasta falso, como de “te voy a dejar la cámara ahí bien larga porque soy ‘artista’, y sólo yo entiendo mi rollo”. No, se ve lo que se necesita ver, lo que permite que la idea se entienda.

¿Qué representó para ti formar parte del FICM?

Yo no conocía lo que era llorar de alegría hasta que supe que quedé en la Selección Oficial, aunque suene cursi. Este año no me fue bien. Un día vi a mi papá y le dije: “Tal vez tienes razón, esto no es lo mío, no siento que pertenezca a este rollo, no tengo un rumbo ahorita en la vida”.

En la premiación pensé que tal vez no merecía estar ahí, pero me estaban dando la mano. Lo más feo de mi vida había pasado. A lo mejor viene algo peor, pero tenía 28 años siendo un fracasado.

Ahora ya sé por qué todo mundo se muere por estar en el Festival de Morelia.

¿Tienes algún recuerdo especial de tu experiencia en el FICM?

Siempre quise conocer a los cuatro que conocí una noche: Alfonso Cuarón, que lo saludé en la alfombra roja, como un groupie; a Guillermo del Toro, que se puso a saludar a todos; pero también ahí estuvieron Amat Escalante y Carlos Reygadas. Lo curioso es que todo mundo estaba en la fila esperando a del Toro y cuando pasó Reygadas yo fui el que fue detrás de él. Le dije: “Casi-casi estoy aquí por lo que tú has hecho, qué alegría que te pueda ver y decírtelo, es un buen día”. Eso estuvo padre.

En el paraíso que es el hospitality me topé a Elisa Miller, que me gusta un chorro lo que hace. La vi, me puse pálido y le dije: “Me gusta mucho lo que haces, ¿me puedo tomar una foto contigo? Soy muy fan”. Salgo todo feliz en la foto.

Lo que sentí más fuerte fue ver quiénes habían ganado los años anteriores. He pensado que no merezco estar entre ellos, pero estoy y qué alegría me provoca eso.