04 · 5 · 21

Roberto Cañedo, el extra que se trastocó en estrella

Por: Rafael Aviña

El carisma es una cualidad imposible de encubrir o disimular. Llena de carisma fue la personalidad de Roberto Cañedo, un actor que inició su carrera como extra, con pequeños papeles, casi imperceptibles, y que en breve daría el salto al estrellato. Fue Emilio Fernández “El Indio”, quien le ofreció, gracias a su intuición, el protagónico de unos de sus más bellos relatos rurales: Pueblerina (1948), en la que Roberto Cañedo encarnó al héroe honesto y comprometido con la bella joven Columba Domínguez y el hijo de ella, Ismael Pérez “Poncianito”.

A partir de entonces, estelarizaría otras obras de Emilio: un militar herido, miembro del Escuadrón 201 en Salón México (1948), o un honesto profesor obligado a delinquir y enamorado una vez más de Columba, en La bienamada (1951). A su vez, muy visible su presencia en Campeón sin corona (1945, dir. Alejandro Galindo), como miembro de la comisión de box, o en Crimen y castigo (1950, dir. Fernando de Fuentes) como el atormentado héroe de Fiodor Dostoyevski en su versión nacional, o el escultor fascinado ante la atrevida sensualidad de la modelo Ana Luisa Peluffo en La Diana cazadora (1956, dir. Tito Davison).

Roberto Cañedo

Roberto Cañedo

Papeles siempre lucidores para un actor de enorme presencia y gran altura (1.80 metros) que supo acomodarse en el gusto de un público mexicano que abarrotaba las salas de cines como el Estrella, Palacio o Cairo. Nacido en Guadalajara, Jalisco, Roberto Cañedo Ramírez (1918-1998) trabajó como electricista, radiotécnico y hotelero. Con 18 años cumplidos, llegó a la Ciudad de México: fue mozo, mesero e, incluso, vestidor de estrellas, jalacables y doble en los estudios fílmicos hasta que apareció como extra en El cobarde (1938), de Rene Cardona. Su espigada figura le ayudó, como le ayudó su buen tono de voz y su aspecto de galán romántico con el cabello engominado y bien peinado y su bigote recortado.

En El capitán aventurero (1938), de Arcady Boytler, protagonizada por el actor y tenor José Mojica antes de convertirse en fraile, Cañedo empezaba desde abajo junto con un par de hermanos que también intentaban abrirse paso en el cine: Tito y Víctor Junco. A esta película, le seguirían mínimas apariciones en varios relatos de 1942, algunos estelarizados por Jorge Negrete como: Historia de un gran amor, Así se quiere en Jalisco o El peñón de las ánimas, en el que debutaba la imponente María Félix. O en Los tres Mosqueteros, con Mario Moreno Cantinflas, en la que se hace un chiste homofóbico a costa suya: en una fila de repartos de unos estudios de cine, gritan el número 41 y Cantinflas le dice: “Ahí le hablan joven”, él deja la fila enojado y el cómico lo imita.

Cañedo empezó a trastocarse en un verdadero extra. Un actor cuyo rostro aparecía brevemente cada vez con mayor regularidad. Luchaba con tesón, imponiéndose en los repartos, ganando una pequeña parte —un bit como le dicen los enterados— al igual que tantos otros célebres extras y secundarios que jamás obtuvieron un estelar, pero cuyos rostros inmortalizaron la época dorada de nuestro cine. Cañedo comprendió el valor de la perseverancia. La plusvalía de aprovechar al máximo cualquier aparición por breve que esta fuera. Así esperó 10 años desde su llegada a los foros cinematográficos y cerca de 70 películas como extra para aprovechar en grande su oportunidad estelar en Pueblerina.

Cañedo no sólo obtuvo el Ariel a Mejor Actuación Masculina en su primer protagónico, sino que se ganó el respeto y admiración del público que lo fue a ver al cine Alameda cuando Pueblerina se estrenó en julio de 1949. Encarnaba al hombre que sale de prisión y se encuentra con que su novia ha sido ultrajada y embarazada por uno de los caciques del pueblo. Cañedo convirtió a su campesino atribulado, en un héroe cabal y digno que toma como esposa a la mujer que ama, en una de las mejores secuencias de nuestro cine: la solitaria fiesta de la boda mientras se escucha el tema musical de “Dos arbolitos”.

Pueblerina (1946, dir. Emilio Fernández)

Pueblerina (1946, dir. Emilio Fernández)

Tuvo escenas importantes en dos extravagantes cintas de Juan Orol: El reino de los gángsters y Gángsters contra charros (1947), compartió créditos con Dolores del Río y Pedro Armendáriz en La malquerida (1949), del Indio, protagonizó un inquietante drama de arrabal, Pecado (1950, dir. Luis César Amadori), con la argentina Zully Moreno y la niña debutante Angélica María. Un gran papel en un desbordado melodrama que muestra el horror de la ciudad en Cuarto de hotel (1952, dir. Adolfo Fernández Bustamante), con Lilia Prado como la mujer objeto. Consigue una lograda caracterización del cubano José Martí en Rosa Blanca (1953), del Indio, y en el thriller noir de barrio bajo, Los dineros del diablo (1952), de Alejandro Galindo, en el que enfrenta al villano Víctor Para. Y en Y mañana serán mujeres (1954) del propio Galindo, Cañedo encarna al entusiasta médico e investigador enamorado de la retraída profesora solterona, Rosita Quintana. Y en la insólita Borrasca en las almas (1953), de Ismael Rodríguez, es el obsesivo maestro que se debate entre su decente mujer y la hermana gemela de esta, una exprostituta, interpretadas ambas por María Elena Marqués.

Espléndida figura histriónica de las radionovelas, el teatro y la naciente televisión, Roberto Cañedo siguió apoyando como estelar y como secundario a las nuevas figuras de un nuevo cine juvenil donde impuso su figura paternal en cintas como: Quinceañera (1958), Ellas también son rebeldes (1959), Una joven de 16 años (1962), o Cinco de chocolate y uno de fresa (1967). Un intrigante serial de aventuras entre el horror y el suspenso, El fistol del diablo (1958), y bajo las órdenes de Luis Buñuel como amante de María Félix en Los ambiciosos (1959). E incluso como actor de apoyo o villano en el exitoso cine de luchadores, en una filmografía que rebasa los 300 títulos y se extiende a mediados de los años noventa. En 1997 obtuvo el Ariel de Oro por su trayectoria como actor en pequeños o enormes papeles que lo hicieron único. Y eso no fue todo, Cañedo fue además un genio creador a quien se le deben inventos como: el papel carbón, el plato desechable, el tabique ligero, el apuntador electrónico o un calentador de agua con energía solar.