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Los recuerdos que visitaríamos: entrevista con Ramón Llaven y Eduardo Navarrete sobre EL BAILE DE LAS ÁNIMAS

La relación de México con la muerte es algo que siempre llama la atención, sobre todo porque, como mexicanos, pocas veces la cuestionamos. Desde la infancia, aceptamos que nuestros muertos regresan cada año para visitarnos y que las ánimas recorren ciertos lugares como parte de esta tradición. En El baile de las ánimas, de Ramón Llaven, tenemos la oportunidad de conocer esta perspectiva a través de un viaje muy personal del director por su natal Valle de Etla, Oaxaca. 

Tras su estreno en el 24° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), tuvimos la oportunidad de conversar con el director y uno de sus productores sobre los retos y procesos para contar esta historia. 

FICM: ¿Por qué decidieron filmar este documental que nos interna en esta amalgama de cultura, de creencias culturales, de idiosincrasia muy local y del mundo espiritual? 

Ramón Llaven: Yo soy originario de Santiago Etla. Aquí, normalmente, cada año celebramos la llegada de los muertos yendo al panteón y haciendo todas estas cosas que seguramente se repiten en varios lugares del país. Pero también hacemos una cosa que le llamamos “muerteada”. En algunos lugares empieza cerca de las cuatro de la tarde y se extiende hasta media noche. Cada una es diferente en el Valle de Etla. 

Al inicio de la “muerteada” podemos ver una obra de teatro en la cual se representa a ciertos personajes del pueblo y se van narrando las cosas que pasaron y los chismes del pueblo. En esta obra hay un muerto y llegan varios personajes a quererlo resucitar; aquí le decimos “levantar el muerto”. No es hasta que llega el espiritista —quien lo regresa del mundo de los muertos— que inicia la fiesta. O sea, después de que el muerto regresa del mundo de los muertos, arranca la festividad. 

Una de las cosas era la muerte y la otra era la señora Julia, a quien conozco desde los cinco años y es espiritista. Entonces, como que se cruzaban esos dos caminos. En realidad, ese fue el motivo para hacer el documental: mostrar cómo es una “muerteada” desde dentro. Y la segunda, para intentar contestar algunas cosas que habían surgido en mi infancia, como preguntas que habían surgido en mi infancia sobre la labor que hacía la señora Julia.

FICM: ¿Se mezclan en la realización tus miedos y tus asombros de la infancia?

RL: Yo diría que, más que miedo, siento una alegría por que llegue la “muerteada”, ¿no? De toda la gente que conozco, que le gusta la “muerteada”, que créeme, es mucha. Todos esperamos que llegue esta celebración. Ahora ya todos tienen o están terminando sus trajes para que puedan danzar y bailar.  
Yo me quedaría más con eso, con la alegría. En lo personal, bailar cada año es como un inicio y cierre de ciclo: “Estoy vivo un día más, un año más, voy a iniciar otro año más”.  

Más que la festividad, por ejemplo del 31 de diciembre, hoy ya inició mi año, yo tengo otro inicio de año que es el día de muertos. 

FICM: Supongo que no abarcaron los 300 pueblos del Valle de Etla, pero sí se dieron a la tarea de expandirse en varios de ellos. ¿Cuáles fueron las dificultades de producir un rodaje de esta naturaleza?

Eduardo Navarrete: Cuando empezamos el proyecto, coincidió con el inicio de la pandemia. Entonces fue un lapso tal vez como de dos años en los que había muchas restricciones. Eso fue una dificultad, pero, a la vez, también se volvió una oportunidad para tener tiempo de estar visitando varias comunidades, yendo con varias personas y creando una relación más personal con las personas y con quienes se volvieron protagonistas. Al final, eso nos jugó a favor.

El hecho de que Ramón fuera originario de una de esas comunidades nos abrió muchas puertas. Por sus vínculos familiares y de amistades, conoce muy bien todo el territorio. No fuimos a todos los pueblos; desde la escritura del guión, él ya tenía claro qué pueblos le interesaban para lograr ciertos contrastes. 

Si bien aparece la “muerteada” y el Día de Muertos, pienso que el documental también aborda otras temáticas, como el trabajo, el contacto con la tierra y las costumbres. Tenía muy claro que no quería ser un documental informativo, sino más de tipo sensorial, que explorara cómo nuestros protagonistas viven su relación con la muerte y cómo esperan a sus ánimas. 

FICM: En el documental hay una suerte de dominación y de contemplación también de una muerte que no es nuestra propia muerte, pero que sí da pie a los ciclos de vida de una comunidad. Me preguntaba si eso fue algo intencional o una apuesta de la narrativa del documental. 

RL: Para mí, en realidad, sí se pensaron estas imágenes, pero tienen que ver con una cotidianidad. Por ejemplo, siento que si perteneces a una población, a veces es muy usual ver cómo sacrifican un animal, cómo lo alistan para trabajar.

Todo este desgaste, si lo ves desde otro punto de vista o desde otro lado, quizá desde la ciudad, puede percibirse de otra manera. Por ejemplo, el sacrificio del cerdo puede ser muy fuerte, pero yo, desde niño, lo he visto continuamente. Es común ver cómo alguien cría un animal para comerlo en una festividad importante.

También nos hace falta mencionar que hay un punto de vista desde un ánima, y esta ánima recorre todo el documental. A partir de esta pregunta: ¿qué haría si, después de muerto, se te permitiera visitar el lugar donde habitaste? ¿Qué lugares visitarías? ¿Qué cosas recordarías? 

Por ejemplo, recuerdo que lo de los chapulines lo hacíamos con un grupo de niños: salir a agarrar chapulines para comerlos, estar en el campo observando o recogiendo milpa. Son todas esas cosas que cuando eres niño lo haces muy alegremente y muy efusivamente.

FICM: Precisamente, esta visión del alma, del ánima, siendo nuestro guía, de pronto contrasta esta idea lúdica de tener este narrador del más allá y con esta contemplación a la que nos invita el documental. ¿Por qué tomaste la decisión de meter este elemento del alma?

RL: Desde la parte técnica, platicamos con Francisco en cuanto a concepto. Creo que lo complicado fue definir cómo vería alguien que ya no está físicamente; es decir, cómo observaría. 

Entonces, decidimos elegir cierta óptica, que fue la óptica Petzval. Luego, en postproducción, agregamos algunas cosas y son como aberraciones, digamos, en el cuadro. 

También tienen que ver con que es un documental de observación. Si tú regresas y observas algo que hacías, ¿cuánto tiempo le dedicarías a esa observación? ¿Te volverías parte de esa observación?

Por ejemplo, en la “muerteada” podemos ver que se hace parte de toda la gente que baila, a los niños por momentos los acompaña, se traslada y puede volar.

También tiene que ver con los sueños; seguramente muchos han tenido la oportunidad de soñar que vuelan y que pueden dominar su vuelo. Es decir, de tomar esa decisión hacia dónde ir, si tú tuvieras esa oportunidad: ¿A dónde irías? ¿Por qué a ese lugar? ¿Dónde? ¿Cuándo?