06 · 21 · 17

Los microcastillos de Alejandra Villalba

Por: Antonio Harfuch Álvarez

Microcastillo es el primer trabajo de la tijuanense Alejandra Villalba que empieza a llamar la atención por un estilo que reta a las convenciones. Es una producción de Somos Simios y Producciones del Cuco que se originaron en el Taller de Cine Mantarraya. Se definen como un equipo unido, abierto y sin jerarquías. A propósito de su presentación en Cannes, en la Semana de la Crítica, tras haber competido en Morelia, tuvimos la oportunidad de conversar con Alejandra, y con su productor Arturo Jara, sobre cómo fue levantar este proyecto que logró cruzar el Atlántico.

El título del cortometraje se debe al nombre del disco de la agrupación musical americana “Deer Hunter” que Alejandra escuchó mientras escribía el guion. “Cuando lo escribí, estaba escuchando “Microcastle” y era el ambiente que quería que se lograra. César Ortíz, el coguionista, fue el de la idea. Después el título tuvo mucho sentido”.

El crew de Microcastillo fue formándose de manera natural. Alejandra y Arturo se conocieron en el Taller de Cine Mantarraya, donde descubrieron que ya compartían gustos, como el cine de Michael Haneke. “Yo sentía que teníamos el mismo feeling que le queríamos dar al corto. Sabía que le apasionaba igual que a mí e iba a entender lo que yo quería hacer. Reconocí su actitud de productor”. Arturo cuenta que después de haber leído el guion, sólo estaba esperando que Alejandra lo escogiera como el productor. La primera vez que leí el guion hubo algo que me dio mucho miedo cuando lo terminé. Era el primer borrador. Me identifiqué con el tema familiar. Reconocí a la familia opresora. Lo que más me gustó fue sentir este miedo que a ella y a mí nos atrae mucho. Una sensación al estilo de Haneke o de Roy Andersson. Finalmente me lo ofreció cuando fuimos a ver la locación donde filmamos el corto. Lo acepté de inmediato y me puse a ver cómo podíamos conseguir la locación”.

Arturo Jara Kafuri, Alejandra Villalba García

Para Alejandra esa era la locación que había imaginado cuando escribió el corto. “Esta casa tenía paredes rotas y el piso despintado, estaba abandonada. Lo único que necesitaba eran muebles. Me gustaba cómo entraba la luz. Eso era la base para el corto. Siempre me imaginé ventanas gigantes, una o dos fuentes de luz máximas por cuadro. Que entrara la luz difusa por la ventana. La paleta de colores ya estaba. No teníamos que pintar nada. Tenía referencias de películas de Roy Andersson, pinturas del danés Vilhelm Hammershoi, donde la fuente de luz que proviene de las ventanas rebota hacia un solo punto pero lo demás se queda en penumbras. Esa era la concepción esencial para Microcastillo. Y esa casa tenía las condiciones para lograrlo”. Además, Alejandra resaltó la importancia del trabajo de la directora de arte Sofía Cravioto, quien incluso hizo una convocatoria en Facebook para conseguir las cruces que aparecen en la película.

Fue un cortometraje con un presupuesto de 12 mil pesos -que se consiguieron a través de una colectiva familiar- que les costó mucho trabajo levantar. La escuela de Mantarraya les dio el equipo técnico. Para que no les cobraran por la locación tuvieron que convencer a los dueños de que les harían un spot para anunciar la renta o venta de la propiedad. “También rentamos una Van muy vieja por mil pesos que se nos descompuso, y con ella íbamos por los muebles, las camas. Casi no dormíamos. Luego un actor trajo a su perro y como nos estaba haciendo el favor, tuvimos que estar cuidándolo, dejar a sus hijas en la escuela… Fue un cortometraje que nos costó por eso nos alegra estar aquí. Te puedo decir que hubo mucha desesperación pero valió la pena el esfuerzo”, comenta Arturo.

Los hizo continuar una inquietud por hablar de una realidad que les duele. El corto presenta los privilegios absurdos de una clase con los que nos gustaría romper. Saber que hay alguien como Alejandra que piensa como yo y lo critica sutilmente sin caer en lo visceral sino en una forma experimental, me atrajo mucho. Si el proyecto se hubiera caído, yo hubiera insistido hasta que lo lográramos”.

Microcastillo hace un retrato de una parte de la sociedad mexicana. “A mí me ha tocado vivir en un contexto de clase media alta y hasta ahora es desde donde puedo hablar. De los daños que se hacen desde esta esfera social de la que no me gusta ser parte. Me duele y me molesta. Para quitarme estos sentimientos, lo que puedo hacer es criticar lo que llegamos a hacer sólo por nuestras propias comodidades, sin pensar en los demás”.

Aunque destaca esta crítica nacional, Alejandra cuenta que es ante todo, un trabajo personal, donde habla sobre su familia, sobre una situación familiar que transformó para siempre su perspectiva del mundo. “Fue como pensar que tenía una familia perfecta, la ideal, y de un día para otro se derrumbó todo. Mis valores cambiaron a partir de entonces. Lo escribí años después de esto, cuando estaba pasando por otros cambios circunstanciales en mi vida. Acababa de llegar a México, me sentía muy presionada. Me decían que en México no se podía hacer cine. Mi familia no confiaba en el cine que quiero hacer. Ahora ya lo entienden más”.

Arturo Jara Kafuri, Alejandra Villalba García

Aclara que en ningún momento pretendía presentar a la religión católica como la villana de la historia. A ella le preocupan las dinámicas familiares y lo que buscó fue hacer un cuestionamiento del modelo familiar tradicional. “¿Por qué tiene que ser así, una jerarquía? ¿Por qué no puede ser horizontal? Eso lo ligué con elementos fuertes en México como la religión. No esperaba tener un discurso en contra de la religión. De hecho me molesta de mi dirección dar a entender eso. Quiero reflejar lo monstruoso que pueden llegar a ser las instituciones sociales que nosotros mismos creamos y que no necesariamente tendrían que seguir existiendo. La familia no tiene que funcionar como se ha establecido anteriormente, no es una ley tampoco. Es una costumbre mexicana con valores con los que concuerdo y desacuerdo”.

El cine para Alejandra es esperanza. Lo hace porque lo piensa como un medio relevante para lograr cambios profundos en la sociedad. “Sé que hacer cine es un lujo. No cualquiera puede estudiarlo o hacerlo. Pero es un medio efectivo que provoca el cambio. En México, hasta que dejemos de ser un país en vías en desarrollo, el cine no va a poder lograr cambios profundos. En Francia por ejemplo, las películas tienen relevancia, provocan debate, cambios, transformaciones. El cine es una medicina para el espíritu, para las heridas de un pueblo. Yo quiero que en México pase eso. Ayudar a generar más interés por el cine y por hacer cine. Hay avances ahora, hay más respeto por los directores. Aunque sean Iñárritu o Cuarón que hacen películas fuera de México. Ya hay un reconocimiento a su trabajo como artistas”.

Se muestra comprometida por lo que hace y por lo que quiere hacer. Su interés por el cine, viene desde la infancia donde recuerda a su padre grabando la vida cotidiana con una cámara. “Me empecé a interesar por la foto primero. Estudié Comunicación pero salí muy defraudada. Luego fui a la Ciudad de México y descubrí el taller. Me gusta mucho lo que hace Mantarraya en general. Me inspira mucho el cine de Carlos Reygadas y de Amat Escalante, me emociona que sigan produciendo en México películas mexicanas”. Para ella, aunque se trate de un cine pesimista, es un cine que la hizo reaccionar. Un discurso relevante. “El cine de ambos me inspira a hacer cosas en México. Ellos hablan de cosas que pasan en México, preocupados no sólo por hacer una película y por sus inquietudes autorales, sino por hacer un cine honesto que le llegue a la gente y que la despierte a temas de interés político y social. Se siente muy bien que haya mexicanos criticando a México”.

El primer festival al que inscribieron el corto fue al FICM y quedó en la competencia de Cortometraje Mexicano. Durante las proyecciones, el cortometraje llamaba la atención del público. “Morelia fue el primer festival al que mandé el corto y el primero que me lo aceptó. Estábamos muy honrados en poder ir. Me preguntaban mucho sobre la ruptura de la cuarta pared. Era algo que llamó mucho la atención. Michael Haneke de alguna manera transgrede mi visión del cine. Hoy me extraña contar una historia sin justificar que una cámara esté grabando. Ya no puedo escribir historias sin remarcar que hay alguien haciendo eso detrás. Sí puedo ver películas y meterme a la ficción pero ya no puedo escribir cosas pretendiendo que la cámara está ahí porque sí. Se me hace incogruente encuadrar algo perfectamente sin justificarlo. Prefiero decidir mi encuadre dando a entender la presencia de una persona grabando al actor, hacerlo más ‘neta’. Eso me hace sentirme honesta como realizadora. También tomé esa decisión porque así me sentía yo, en el momento en el que estaba viviendo esa situación. En la vida real me salí de la preparatoria abruptamente y fue un chisme en Tijuana. Sentía todas la miradas encima y a todos hablando de mí. Esa decisión quedaba con la idea que quería transmitir”.

Otra de las cosas que generó la curiosidad del público fue la presencia de la protagonista, la actriz Nailea Norvind. “Ella insistió mucho en estar en el corto. Yo estaba en la clase de Gerardo Tagle en el taller y nos había pedido hacer la carpeta del corto para hacer un pitching. Puse referencias de casting y Gerardo me dijo que él tenía el contacto de Nailea Norvind porque pensaba que iba con el perfil que yo estaba buscando. Yo la ubicaba por sus trabajos en la televisión solamente y me resistí un poco. Luego fui a una cita a su casa, con un amiga que la quería para su proyecto, y le conté de Microcastillo. Se interesó muchísimo. Me pidió que le mandara el guion. Lo leyó y me dijo que quería estar en el proyecto. No lo pensé tanto porque cuando hablé con ella, habíamos concordado en muchas cosas. Me contó que le había pasado algo muy parecido. Teníamos gustos en común y sí entendía lo que yo quería contar. De todas formas, yo me sentía intimidada porque para empezar nunca había dirigido y luego dirigir a una actriz profesional me daba miedo. Después la conocí como persona y me entendía mucho. Sentí que confiaba en mí y yo empecé a confiar en ella. Ella sabe muchísimo de cine y de la industria. En el Q&A fue muy generosa, dijo que había sido uno de los proyectos que más satisfacción le habían dado. A mí me impresionó que dijera eso”.

Es un corto que también interesa por el lenguaje de ruptura que implementa. “Yo sabía que todas las escenas quería que se cortarán a la mitad, que pareciera que alguien estaba cambiándole al canal, que algo se estaba interrumpiendo. Desde el guion lo sabíamos. Lo grabamos y lo pusimos tal cual. Tuvimos un primer corte donde la acción se cortaba. A mí me gustaba mucho pero en las asesorías de edición, me dijeron que no estaba contando nada. La idea que quería transmitir seguía estando ambigua. Empecé a cortar los planos secuencia, un poco del inicio, un poco del final hasta que quedó lo que yo creí que era lo ideal. Hice un segundo corte de 22 minutos donde la idea está más precisa”.

Alejandra y Arturo recuerdan su experiencia en Morelia como una de las más intensas que han vivido. Nos dicen que siguen impactados de haber llegado tan lejos después de ahí. Muestran una motivación por seguir haciendo cine. Buscan que la gente se acerque a ellos a través de las redes sociales. Alejandra Villalba en lo personal, seguirá explorando los temas que tanto le inquietan. “Mi cine va a seguir hablando sobre mí, sobre donde estoy yo, sobre lo que no estoy haciendo yo y sobre lo que veo que los de mi alrededor no hacen. ¿Cuáles son las prioridades de gente como yo? Me gusta estar consciente de mi realidad. Dejar de estar encerrada en una caja, cuando hay cosas más grandes afuera. Lo que estoy haciendo todavía no es tan grande pero va a servir y eso me hace pensar que no me puedo quedar en un solo lugar. Me gusta salir y ver que mis preocupaciones no sólo pertenecen aquí, sino que hay un realidad global de la que todos somos parte. Yo espero que mi cine pueda llegar a sanar”.