08 · 3 · 21

La risa de la ciudad: la complejidad de la urbe

Por: Rafael Aviña

Entusiasta y joven realizador y argumentista, rechazado en 16 ocasiones por el STPC (Sindicato de Técnicos de la Producción Cinematográfica) y sus absurdas políticas de puertas cerradas para los jóvenes, Gilberto Gazcón de Anda (1929-2013), parecía empeñado en seguir los pasos de Ismael Rodríguez con sus tramas y personajes populares de barriada, entresacados de los sectores más golpeados de la sociedad y de la metrópoli creciente, como lo demostraban: El boxeador, Los desarraigados, Suerte te de Dios o Cielo rojo.

Luego de aquellas, en 1962, a partir de un argumento suyo y del actor Pancho Córdova, Gazcón dirigía su primera gran película: una oda a la urbe compleja en que se había trastocado el Distrito Federal y sus personajes vivos y pulsantes. La risa de la ciudad inicia en el asilo de ancianos Mundet donde vive Don Tencho (José Elías Moreno) quien ha localizado finalmente a Beto (Joaquín Cordero): un saltimbanqui callejero y huérfano, cuyos padres eran payasos de un circo y murieron en un incendio. Tencho es en realidad el abuelo de Beto que, en su momento, rechazó a su hija, madre de Beto. Empeñado en resarcir su error de juventud, decide ayudar a su nieto que vive en una ciudad perdida, integrándose con los colonos y ocultándole su parentesco.

La risa de la ciudad (1963) - Filmaffinity

Pese a un cierto discurso moralista y didáctico sobre la educación y la erradicación de la ignorancia y la exacerbada exaltación de la miseria, La risa de la ciudad es uno de los más logrados relatos populares de la urbe capitalina de aquellos años, época en la que se iniciaban la construcción de nuevos asentamientos y tiendas departamentales de arraigo popular como Aurrerá Universidad, cuyo letrero luminoso se aprecia al fondo de aquel terreno de paracaidistas en un predio cercano y que hoy, 60 años después, es una de las zonas de alta plusvalía. El filme narra una historia de contrastes: colonias adineradas como Polanco y Las Lomas, y aquellas proletarias donde iban a parar centenares de invasores irregulares, como sucede al final de la cinta, en la Calle Los Cipreses, presumiblemente en Iztapalapa.

En ese, su escenario citadino de abandono y lucha por la sobrevivencia cotidiana, habitan payasos, tragafuegos y cirqueros errabundos como Beto, interpretado de manera notable por ese excelente actor camaleónico que fue Joaquín Cordero, que logra convertirse en hombre, cuando asume con valentía la paternidad. Con este, borrachines como Adalberto Martínez Resortespersonajes que interpretaba a las mil maravillas como se aprecia en Los Fernández de Peralvillo (1953) o Tacos al carbón (1971), ambas de Alejandro Galindo—, o el entonces niño Valentín Trujillo que inicia torpe y precipitadamente una carrera de raterillo con lágrimas en los ojos, mientras canta en un camión urbano “Perdón”, de Pedro Flores, acompañado de su hermano mayor y protector Polo (Julio Alemán), a quien le reclama: “Yo te he visto robar. Tú me enseñaste a ratero. Fuiste tú…”, a lo que Polo contesta: “Tienes razón manito. Yo te enseñé. Pero te juro que no volveré a robarme ni un alfiler, ni un centavo, aunque me muera de hambre”. Así como aquel “Hombre fuerte” que encarna un David Silva con el cráneo rasurado, mallas negras y camiseta sin mangas, integrante de esa caravana ambulante, a la que se suma la Lety, novia de Beto, interpretada por la bella Alma Delia Fuentes, acosada por un mal patrón y casero que encarna Carlos López Moctezuma. Sin faltar los comederos al aire libre como el: “San Bors”, donde el consomé se vendía a 40 centavos, con hueso a 60, con grasa a 75 y con carne a peso.

La risa de la ciudad hoy en día es, sobre todo, una suerte de documental sobre la urbe defeña de aquel 1962: los recorridos por la plancha del Zócalo y Pino Suárez, las escenas en la Basílica de Guadalupe con esos gringos que toman fotografías y que José Elías Moreno les reclama que no capturen imágenes grotescas de nuestros habitantes, o las del Parque Lincoln en Polanco, incluso el exterior del Estadio de Ciudad Universitaria. Populismo y sinceridad nunca llegaron a estar tan unidos, con frases como: “El gobierno quiere que todo lo hagamos nosotros. ¿Porqué no nos construyen nuestros multifamiliares?”, o: “Usted, luego, luego a la sobadera” —le reclama Alma Delia Fuentes a Joaquín Cordero—, “Ella quiere vivir, no ser carne nada más, tiene corazón, sentimientos”, que le recalca Don Tencho a Beto.

Por cierto, la ciudad perdida ficticia, ubicada en un predio de Avenida Universidad, fue incendiada sin permiso de las autoridades para dar mayor realismo a la película. Como consecuencia, su director Gilberto Gazcón fue detenido por casi un día. Francisco Pina, ensayista y crítico de cine español exiliado en México, autor de libros como Praxinoscopio, escribió en La Cultura en México, de la revista Siempre!, el 29 de mayo de 1963 al respecto de La risa de la ciudad: “…Algo hay en ella que revela —por lo que toca al director y los intérpretes— una cierta intuición de lo popular y la posibilidad de lograr en el futuro obras más importantes y empeñosas…”. La película se estrenó el 25 de abril de 1963 en el cine Alameda.