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El mundo de los vampiros en el cine mexicano

By: Rafael Aviña

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En mayo de 1897, el escritor irlandés Bram Stoker publicaba la novela Drácula que se convertiría en la obra cumbre del tema vampírico. Dos décadas después, inspirada en ella, aparecería en las pantallas: Nosferatu (F.W. Murnau, 1922) y Vampyr (Carl T. Dreyer, 1932) a partir de otro clásico de la literatura: Carmilla, de Joseph Sheridan LeFanu. No obstante, en medio de ambas, surgiría la versión hispana de Drácula con Carlos Villarías y Lupita Tovar, filmada al mismo tiempo que el clásico de Hollywood de Tod Browning con Bela Lugosi en 1931, para catapultar el mito del vampiro, ligado a la sangre, la vida, la muerte y el sexo.

Nosferatu (F.W. Murnau, 1922)

Nosferatu (1922, dir. F.W. Murnau)

Luego de aquella experiencia hollywoodense de Tovar y Villarías no fue, sino hasta 1957, cuando los “chupadores de sangre” en el cine mexicano abrieron de manera espectacular con El vampiro, de Fernando Méndez, quien resucitó del ataúd fílmico a un no muerto enclavado en plena provincia mexicana encarnado por el actor Germán Robles. El éxito de esta, considerada una de las mejores cintas del género, no se encuentra solo en la caracterización de Robles, la fotografía expresionista de Rosalío Solano, o los decorados de Gunther Gerzso, sino en el humor involuntario que provoca el héroe que interpreta Abel Salazar.

El mismo Méndez realizaría la continuación: El ataúd del vampiro (1957), de nuevo con Robles, Salazar y Ariadne Welter. Y Germán Robles, protagonizaría la saga de Nostradamus (1959), donde encarnaba a una suerte de carismático Drácula que intenta reivindicar la memoria de su finado padre ante una Sociedad de Investigaciones Sobrenaturales. A partir de entonces, la cinematografía nacional liberó con irregular fortuna la estaca que sostiene al vampiro mexicano en la cuerda floja. Y es que los colmillos de plástico, las capas negras con forro de satín rojo, los crucifijos de plata y el erotismo con tintes gore no parecen adecuarse al contexto de nuestro cine dedicado a copiar de manera burda los ejemplos del horror europeo y hollywoodense que trastocó al vampiro humano en leyenda.

Germán Robles

Germán Robles

Por supuesto, y pese a los intentos, el experimento nacional no coaguló. ¿Pruebas?: Eric del Castillo provoca gracia con el traje de conde entusiasmado con los encantos de Lucha Villa en El imperio de Drácula (dir. Federico Curiel, 1966). Y Fernando Soto “Mantequilla” se veía envuelto en el relajo de ¡Échenme al vampiro!, de Alfredo B. Crevenna, al igual que Manuel “El Loco” Valdés en Frankenstein, el vampiro y compañía, de Benito Alazraki, ambas de 1961 al igual que El mundo de los vampiros (1961), con Guillermo Murray, y La invasión de los vampiros, con Carlos Agosti, seguida de: El vampiro sangriento (1962), cuyo personaje se llama: Conde Frankenhausen.

Ese mismo año, surge una película de culto que profundizaba en el erotismo inseparable del tema: Santo contra las mujeres vampiro, de Alfonso Corona Blake: un castillo en ruinas provisto de buena cantidad de telarañas, noches de luna llena, tumbas abiertas y las inquietantes mujeres vampiro de curvilíneos cuerpos envueltas en túnicas blancas y vaporosas, como Ofelia Montesco y Lorena Velázquez. El público pedía más presencias de esa sensual raza de mujeres-vampiro y entonces apareció: Santo en el tesoro de Drácula (dir. René Cardona, 1968) en la que el “enmascarado de plata” enfrentaba al conde (Aldo Monti) y sus vampiras ninfómanas, en cuya versión de exportación el Santo fue borrado del título y la cinta se exhibió como El vampiro y el sexo, con semidesnudos de las jóvenes discípulas de Drácula. Asimismo, el mismo Santo enfrentó a otros vampiros de tiempos de la Colonia en El mundo de los muertos, con Pilar Pellicer luciendo negligé.

Santo en la venganza de las mujeres vampiros (1970) resultó una secuela más bien penosa con Gina Romand, y Mario Cid provocó más risa que horror en Los vampiros de Coyoacán (1973), en su papel de Barón Bradock en sus intentos por seducir a Sasha Montenegro con su medallón de hoja de lata y su traje Milano, en una película en la que experimentaba una transformación digna del Teatro Fantástico de Cachirulo.

Santo en la venganza de las mujeres vampiros (1970, dir. Federico Curiel)

Santo en la venganza de las mujeres vampiros (1970, dir. Federico Curiel)

Por último, vale la pena rescatar dos ejemplos dignos del mejor cine de vampiros a la mexicana. Por un lado, Alucarda, la hija de las tinieblas (1975), de Juan López Moctezuma, con Tina Romero, en una historia que incluye jorobados, doncellas capaces de sufrir todos los excesos sadomasoquistas e invocaciones satánicas-vampíricas, desnudos, mutilaciones, baños de sangre y juegos de palabras (Alucarda al revés es: aDrácula). Y por supuesto: Cronos (1992), notable debut del tapatío Guillermo del Toro, con una impresionante puesta en escena posmoderna del mito vampírico, centrado en la relación entre un anciano y su nieta y en medio de ellos, un mecanismo de horror ancestral que desata pavores inmemoriales y que marcarán la estimulante carrera posterior del realizador.

De manera más reciente: Reencarnación (2012), de Eduardo Rossoff resultó una dispareja historia de pasión, mafia y vampirismo ambientada en los bajos fondos de Mazatlán e inspirada en la novela de Juan José Rodríguez, Asesinato en una lavandería china. Y, Antes que amanezca (2021) de Miguel Ángel Vega, se centra en un comandante de policía que rastrea a un joven dark, involucrado tal vez, en una serie de sangrientos homicidios que se relacionan con un círculo vampírico.