04 · 12 · 21

Cascabel, obra clave del “Echeverrismo”

Por: Rafael Aviña

El periodo presidencial de Luis Echeverría (1970-1976) llegaba a su fin. El lema de su sexenio: “Arriba y adelante” se ajustaba a la perfección a esa suerte de renovación cinematográfica emprendida por un Estado, cuyo objetivo era el integrar efectivos cuadros de producción y lanzar a varios jóvenes realizadores que en breve se convertirían en eficaces cineastas. Sin embargo, para 1976 era evidente que, para el gobierno, una industria como el cine sería, sobre todo, un juguete político que funcionaría más en un plano de autoría personal que como movimiento fílmico social y transformador.

De ahí que realizadores como Felipe Cazals, Arturo Ripstein, Gabriel Retes, José Estrada, Raúl Araiza, Jaime Humberto Hermosillo y otros más mantuvieran un alto nivel en ese cambio de estafeta sexenal. El “Echeverrismo” finalizaba, no obstante, logró cerrar con una obra clave que mostró con claridad las contradicciones del régimen. Cascabel, ópera prima del realizador de televisión y director de teatro Raúl Araiza, escrita por él mismo, Antonio Monsell y Jorge Patiño, puede ser considerada el emblema de un sexenio que transformó el cine y a su vez, centró las bases de su derrota como industria. La historia de un impetuoso cineasta debutante a quien le encomiendan la dirección de un documental de “encargo” sobre la selva lacandona y sus habitantes, se convirtió en el fiel reflejo de las políticas fílmicas echeverristas: crítica a los vicios del sistema, impacto comercial, sensacionalismo, mensaje edificante y al mismo tiempo de honesta denuncia social.

Cascabel (1977, dir. Raúl Araiza)

Cascabel (1977, dir. Raúl Araiza)

Producida por las extintas Conacine y Dasa Films, Cascabel se trastocó en una de las películas mexicanas de mayor atractivo en su momento y obtuvo el Ariel a la Mejor Ópera Prima para Araiza y Mejor Edición (Reynaldo P. Portillo), así como la Diosa de Plata a Mejor Película, Dirección y Guion…”Se arrastra lentamente en la ciudad y en la selva. Su veneno es mortal. Su furia no tiene motivos y no respeta a nadie…”, rezaba la publicidad de un filme que se mantuvo con éxito a lo largo de seis semanas a partir de su estreno el 1 de septiembre de 1977 en el cine Latino, compitiendo con obras comerciales como: Aeropuerto 77, Carnalidad, Ultimátum nuclear, o El automóvil asesino. Araiza, recurre aquí al tema del cine dentro del cine, para generar una atrevida polémica sobre la corrupción del gobierno en una mezcla de documental y ficción dentro y fuera de la pantalla.

Su protagonista: un espléndido Sergio Jiménez, encarna a Alfredo Castro, alter ego de Araiza, cuyo nombre fue inspirado en el realizador Alfredo Gurrola, según declaraciones de Jorge Patiño, uno de los guionistas. Castro es recomendado para dirigir un documental que pretende mostrar “la ayuda y el apoyo” que el Estado brinda a los indígenas lacandones en Chiapas, no obstante, al llegar ahí, se percata de los engaños en que ha incurrido el gobierno, del atraso rural y la enajenación de la que sus habitantes son objeto.

En paralelo, Araiza filma los avatares de Castro y las escenas documentales que este lleva a cabo, con entrevistas a estudiantes universitarios de las Facultades de Ciencias Políticas y Sociales, Economía y Derecho de la UNAM, gente de la calle y personalidades de la política, como Heberto Castillo, y otros más. El resultado es una suerte de collage al estilo de los mejores trabajos de denuncia que realizaba por aquel entonces el CUEC, la otrora legendaria escuela de cine de la UNAM, ahora Escuela Nacional de Artes Cinematográficas (ENAC), como: El cambio (1971, dir. Alfredo Joskowicz), Chihuahua, un pueblo en lucha (Taller de Cine Octubre, 1974), o Esa mi Irene (1975, dir. Marco López Negrete), a través del indiscutible oficio técnico de Araiza y su eficiente dirección de actores que le llevaron a dirigir varias de las mejores telenovelas históricas como: La tormenta (1967), Los caudillos (1968) y El carruaje (1972).

A la distancia, sorprende el clima de denuncia que se mantiene a lo largo de la cinta y su dramático y eficaz clímax, cuya idea era mostrar una siniestra alegoría sobre el poder que se arrastra sigilosamente y acaba con todo tipo de ideales. Asimismo, destacan algunas de las aseveraciones manifestadas contra el partido hegemónico de ese momento; es decir, el PRI: “El gobierno es un sinvergüenza” se dice, al igual que: “¿Libertad de expresión. No sea ingenuo?”, comenta un estupendo Raúl Ramírez, en su papel de Licenciado Gómez Rul, contratante de Alfredo, y productor de la Secretaría de Gobernación, que también menciona: “Hay que moverse entre medias verdades y medias mentiras”. Ello, lleva a Castro a renunciar a la dirección del documental hacia el final, cuando planeaba filmar el parto de la mujer de Chankin, el líder lacandón que encarna Ernesto Gómez Cruz, para enfrentar en breve su destino trágico.

Raúl Araiza conseguiría poco después uno de los mejores filmes sobre el machismo y la crisis de la pareja: En la trampa (1978), con notables actuaciones naturalistas que consolidaron la fama de un realizador que optaría por caminos más complacientes una década después, luego de dirigir atractivas cintas como Fuego en el mar (1979) y Lagunilla mi barrio (1980). Cascabel, con locaciones en Tenejapa y San Juan Chamula, Chiapas, el Edificio Condesa en la calle de Mazatlán, el Museo Nacional de Arte (MUNAL) y Ciudad Universitaria, resulta un retrato honesto, original, sensible y crítico, que cierra de manera irónica en un evento oficial y político más, donde se proyectan las imágenes del documental oficialista sobre Chiapas, al estilo de aquellos realizados entonces por directores y fotógrafos como Demetrio y Ángel Bilbatúa, con el tema musical de Pablo Moncayo, Huapango, y la espléndida voz del locutor Jorge Zúñiga, y se muestran a su vez fotografías ampliadas de los rostros de indígenas lacandones para discutir sobre la pobreza y el abandono social en una lujosa recepción.