09 · 7 · 21

Sombras del mal: la reedición de un clásico

Por: Rafael Aviña

En tan solo tres minutos iniciales, Sombras del mal (Touch of Evil, 1958), no solo ofrece la maestría técnica de Orson Welles, sino su visión pesimista de la sociedad, desde aquella su primera obra cumbre que marcaba su debut en la industria: El ciudadano Kane (1941). De hecho, ese increíble plano-secuencia que inicia con la colocación de una bomba en la cajuela de un automóvil Packard, la puesta en marcha de este que conduce un empresario de la construcción, su recorrido por un pueblo en la zona fronteriza entre México-Estados Unidos (en apariencia, Tijuana), la aparición de la pareja protagónica (un oficial de narcóticos mexicano y su flamante esposa estadunidense) y la explosión del vehículo, justo al cruzar la frontera del lado estadunidense, funcionan a su vez como un homenaje al más intenso y perverso Hitchcock y muestra el talento de un hombre siempre adelantado a su tiempo como lo fue Welles.

En 1998, cuatro década después de filmada, Orson Welles (1915-1985), resucitó para guiar un nuevo montaje de un pulsante thriller noir que trasciende el típico relato de suspenso serie B, para trastocarse en un inquietante estudio sobre la corrupción y la visión del Mal personificada en la figura de un despiadado y repulsivo jefe policiaco, el Capitán Hank Quinlan —”Un buen detective pero pésimo policía”— que encarna el propio director. En efecto, se trata de una obra clave del cine negro crepuscular de trama laberíntica, que permite a Welles llevar a cabo toda su imaginería visual y encarnar a otro de sus personajes más memorables junto con Charles Foster Kane y Mr. Arkadin.

Sombras del mal (1958, dir. Orson Welles)

Sombras del mal (1958, dir. Orson Welles)

Como sucedió con toda su filmografía, siempre incomprendida y mutilada por los magnates de la industria, Sombras del mal fue editada sin el consentimiento de Welles, quien prefirió marcharse a México para preparar el rodaje de otra obra inconclusa: Don Quijote. Se añadieron escenas adicionales llevadas a cabo por el asistente de director, Harry Keller y se agregaron 13 minutos al metraje original de 95 minutos. Hacia 1997, Jonathan Rosenbaum, historiador de cine y alumno de Welles, localizó un memorándum de este con 58 páginas que había sido enviado a la Universal Pictures y en el que detallaba los cambios prudentes para devolverle al filme su espíritu original.

Así, con la ayuda del brillante montador y sonidista Walter Murch (La conversación, El Padrino II y III, Apocalipsis, La sangre de Romeo), Rosembaun consiguió llevar a cabo el proyecto final en el que se aprecian cambios importantes como en el plano-secuencia inicial, en el que desaparecen los créditos y buena parte del gran tema musical cargado de percusiones compuesto por Henry Mancini, al tiempo que se agregó el sonido ambiental de la radio de un automóvil. Otras de las modificaciones tienen que ver con el personaje interpretado por Joseph Calleia, el Sargento Menzies, cómplice de Quinlan, a quien se reivindica.

La delirante indagación policiaca que reúne a un oficial antidrogas mexicano, Mike Vargas (un eficaz Charlton Heston), su esposa Susan (Janet Leigh), raptada por una banda de mozalbetes mexicanos, por orden del repulsivo Tío Grandi (Akim Tamiroff), cuyo hermano está preso en México por narcotraficante y el plan para desprestigiar a Vargas, que urde ese amoral inspector Quinlan, veterano detective que utiliza sobornos y chantajes entre sus métodos oficiales y deja ver su lado más oscuro, se adecúa a los lineamientos del más emocionante cine negro tendiente al crimen, la podredumbre y la brutalidad.

Aquí, la visión que permea sobre México se adelanta a la ley que rige en las zonas fronterizas: la ilegalidad, el dinero fácil, la droga. Y no faltan los comentarios racistas a cargo de Quinlan, incluso de la misma esposa de Vargas, la futura estrella femenina de Psicosis (1960) que llama despectivamente “Pancho” (Valentín de Vargas) al líder de los jóvenes rebeldes que se revientan con rock-jazz, alcohol y marihuana en el Motel El Mirador (Palmdale, California), lugar donde ella es secuestrada con violencia, en una excepcional y paranoica secuencia en la que aparece el chocante empleado del motel que encarna Dennis Weaver, célebre como Chester en la teleserie La ley del revólver (1955-64) y en breve, estrella de la serie McCloud (1970-77) y de la ópera prima de Steven Spielberg: Reto a muerte (1971).

De hecho, el héroe es el mexicano Vargas que apunta: “Todas las ciudades fronterizas recogen lo peor de su país”, cuyos métodos incluyen también la violencia desesperada cuando su mujer desaparece y técnicas hoy comunes y en ese momento poco vistas. Nos referimos a la grabación a distancia que ejecuta Vargas, cuando Menzies quien lleva un micrófono oculto, intenta que Quinlan confiese, en otro espléndido plano secuencia que sucede a la orilla de una playa y bajo un puente, donde Menzies se redime y Quinlan tiene su propio y terrible final, ante la mirada de la gitana Tanya que interpreta la mítica Marlene Dietrich, en esta adaptación de la novela Placa del Mal, de Whit Masterson (seudónimo de los escritores Robert Wide y Bill Miller).

Una iluminación de agobiantes claroscuros que destaca lo sombrío del entorno como alegoría de las fatales determinaciones de Quinlan como lo es el asesinato de Grandi, escenarios claustrofóbicos y efectos visuales siniestros con Heston como el antihéroe noir. Sombras del mal, filmada en las calles de Venice y los Estudios Universal en California para dar la idea de Tijuana, y un espectacular trabajo de imágenes a cargo de Russell Metty, que sigue a los personajes en planos secuencia e intrincadas tomas con grúa, es una fascinante disertación sobre la ambigüedad moral y la corrupción de las instituciones, adelantada a aquella oscura joya de Abel Ferrara: Corrupción judicial/Bad Lieutenant (1992).