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Lynne Ramsay: la generosidad de la sensación

Por: Alonso Díaz de la Vega @diazdelavega1

El cine de Lynne Ramsay es uno de impresiones y experiencias sensoriales. En teoría sus películas tienen tramas pero son más bien excusas para introducirse en espacios inéditos y en interiores invisibles sugeridos por el mundo material. La imagen de un ratón que vuela amarrado en un globo hacia la luna en Ratcatcher (1999) es conmovedora por imposible. La realidad de donde emana nos recuerda que es un deseo frágil cuando el protagonista le explica al dueño del ratón que no fue a la luna. Más bien murió, y fue su dueño quien lo mató. Esto sucede mientras que en la realidad comienza una intensa operación de limpieza en Glasgow, donde abundan la muerte y la mugre. Este contraste define el cine de Ramsay, pero uno de sus cortometrajes nos ayudará a comprender con todavía mayor claridad sus imágenes y sus influencias.

Lynne Ramsay la generosidad de la sensación

Swimmer (2012) es probablemente la cinta más onírica de la directora escocesa. En ella, un muchacho nada en un canal rodeado por pasto y se va encontrando con personajes del cine británico de los sesenta. La voz del actor Tom Courtenay aparece un par de veces, extraída de películas como Billy el embustero (1963), de John Schlesinger, y El mundo frente a mí (1962), de Tony Richardson. Hay referencias a El señor de las moscas (1963), de Peter Brook, y a Walkabaout (1971), de Nicolas Roeg, que, en conjunto con las otras películas, demuestran una fascinación por la Free Cinema inglés y una coincidencia en su interés por la infancia. El canal y el nado son elementos típicos de Ramsay, quizá tanto como escenas en bañeras, donde parece interrumpirse el asedio de la realidad por siquiera un rato. En buena medida, Swimmer es una especie de paseo por la consciencia de la directora y resulta ser una herramienta fundamental para apreciar el resto de su obra.

La propia Ratcatcher contiene los elementos mencionados y es de alguna forma una síntesis de cortometrajes como Small Deaths (1996), Gasman (1998) y Kill the Day (2000), que se acercan a las vidas de la clase trabajadora de Glasgow no para esclarecerlas o resolver sus problemas sino para introducirnos en su mundo a partir de detalles que cambian vidas. La mirada menguante de una vaca moribunda o las manos tomadas de un par de niñas son elementos que implican más que la muerte o el cariño: son ironías por revelarse, sentencias inevitables de lo que está por venir. El ahogamiento de un niño en un canal en Ratcatcher se convierte después en la fantasía de otro, o quizá la fantasía es que todo se arregla en el mundo real. No lo sabemos. El misterio es inevitable en el cine de Ramsay, y eso la distingue de sus predecesores de la Free Cinema inglés. Mientras que aquel movimiento aspiraba a capturar las vidas de la clase trabajadora para denunciar el contrato social, Ramsay representa a los escoceses pobres para encontrar en sus silencios y sus trivialidades las experiencias de todos.

We Need to Talk About Kevin (2011, dir. Lynne Ramsay)

Tenemos que hablar de Kevin (2011, dir. Lynne Ramsay)

Aunque su segundo largometraje, Morvern Callar (2002), promete una trama melodramática, el estilo de Ramsay impide los lugares comunes y representa con su estilo tan particular la historia de una muchacha que se adjudica la novela de su novio, que se acaba de suicidar. En una escena ella lo descuartiza y sólo nos enteramos por los chisguetes de sangre que salpican sobre su piel. Como Robert Bresson, Ramsay prefiere observar los detalles, ignorar las exageraciones. Lo mismo pasa con las tramas todavía más intensas de Tenemos que hablar de Kevin (2011) y Nunca estarás a salvo (2017). La primera narra los temores y consecuencias para la madre de un psicópata; la segunda es la historia de un ex agente del FBI que se dedica a rescatar niños secuestrados.

Estos dos largometrajes bien pudieron haber sido un punto de quiebre para la estética de Ramsay: son grandes producciones estelarizadas, una, por Tilda Swinton; la otra, por Joaquin Phoenix. Sin embargo Ramsay se mantiene fiel a sus imágenes de ahogamiento, sus inusuales composiciones y sus canciones de pop de los 60. De nuevo, el placer de su cine no está en narrar sino en acercarse. Quizá no haya intención más generosa que esa ni una experiencia más intensa en un cineasta.