07 · 8 · 20

Alejandro Jodorowsky: ¿Por qué el pingüino quiere ir al cine?

Por: Pablo Rendón @pagusrendon

Va un hombre caminando por la calle en compañía de su pingüino, cuando de pronto, de una esquina, aparece un policía: “¿Pero qué está haciendo con este animal por la calle? ¡Llévelo al zoológico!”. “Bueno, lo voy a llevar al zoológico”, responde el hombre. Luego de una hora haciendo su rondín habitual, el policía vuelve a encontrarse con el sujeto del pingüino: “¿Otra vez usted? Le dije que lo llevará al zoológico”, a lo que el hombre replica “Ya lo llevé al zoológico, pero es que ahora quiere ir al cine”. Con esta parábola disfrazada de chiste, Alejandro Jodorowsky comenzó su Clase Magistral en el marco del 11º Festival Internacional de Cine de Morelia.

¿Por qué el pingüino quiere ir al cine?

El evento realizado en 2013 supuso el reencuentro del artista de origen chileno con su audiencia mexicana luego de un largo tiempo alejado del quehacer cinematográfico. El estreno de La danza de la realidad, su primer largometraje en 23 años, fue el pretexto idóneo para que el FICM reconociera el trabajo del inclasificable Jodorowsky, que sin lugar a dudas dejó una huella imborrable no solo en la historia de nuestro cine, sino también en la contracultura de nuestro país.

Su papel resulta tan trascendental que, en su libro “La Contracultura en México”, el escritor José Agustín lo menciona como uno de sus principales protagonistas: “Entre los personajes de la contracultura de los setenta habría que anotar al director teatral Alejandro Jodorowsky, quien montó teatro y cine, que hizo cómics, televisión y se divirtió como enano chileno mientras vivió en México”.

Para dimensionar su importancia habría que remontarse al año de 1960, cuando un jovencísimo Alejandro Jodorowsky llegó a México, luego de haberse iniciado en el ámbito cultural chileno apadrinado por grandes exponentes artísticos como el poeta Enrique Lihn y la multifacética familia Parra, seguido de su paso por Francia en donde aprendió el arte del clown, de la mano de su máximo exponente: el extraordinario Marcel Marceau.

Sus primeros trabajos en nuestro país fueron, desde luego, escandalosos tal como lo señala el crítico, curador e historiador del arte Cuauhtémoc Medina: “Tras el escándalo de su puesta de Fin de partida de Beckett (1960), y de colaborar con Leonora Carrington en hacer realidad su espectáculo surrealista Penélope (1961), vino la censura de La sonata de los espectros de Strindberg (1961), Fando y Lis, de Fernando Arrabal (1961) y, sobre todo, La ópera del orden (1962) del propio Jodorowsky”. Tras su paso por el efímero , lo cual supuso un acercamiento con los artistas de vanguardia como la llamada Generación de la Ruptura entre los que habría que mencionar a Manuel Felguérez, Lilia Carrillo, Vicente Rojo y Alberto Gironella, Jodorowsky incursionó en el mundo del cine. Su trabajo en la gran pantalla persigue el mismo propósito que el resto de su obra: “el efecto de transformación, al conducir al sujeto a la vivencia, al obligarlo a salir del esquema de su personalidad”, lo cual Cuauhtémoc Medina inscribe en el terreno de lo pánico. En palabras del propio Jodorowsky, lo pánico “es todo aquello que ayuda al hombre a agrandar os límites de la conciencia hasta hacer que se incorpore a la existencia”.

En 1968, Alejandro Jodorwsky estrenó la cinta Fando y Lis, protagonizada por Diana Mariscal y Sergio Klainer e inspirada en los recuerdos de juventud del también escritor pánico Fernando Arrabal. La premiere de la película tuvo lugar en el Festival de Cine en Acapulco, donde recibió severas críticas por parte de los espectadores, entre ellos, según se cuenta, el mismísimo Emilio “El Indio” Fernández, quien amenazó con su pistola al realizador chileno por “pervertir a la juventud mexicana”. Un par de años más tarde, su segunda obra, El topo (1970), lo proyectó al escenario internacional. Lejos de la parafernalia de los festivales de cine y de las alfombras rojas, la cinta, que se proyectaba en los autocinemas de Estados Unidos a la medianoche, fue muy bien recibida por los fanáticos de la Serie B y de las películas de bajo presupuesto.

Fue en el circuito undeground donde Jodorowsky conoció a Allen Klein, presidente de ABKCO Records y productor de los Beatles, quien lo financió para dirigir su siguiente obra: La montaña sagrada (1973), película de corte iniciático que recurre a elementos chamánicos y espirituales que buscan provocar una catarsis en el espectador. Es, además, la respuesta a la violencia y la censura ejercida desde el Estado en la década de los sesenta. Le seguirían algunas incursiones esporádicas en lo cinematográfico, entre las que destaca Santa Sangre (1989), que retoma el imaginario de La montaña sagrada añadiéndole además el espectáculo circense, pero que no tendrían la repercusión de sus primeros trabajos. Sin embargo, en los años venideros, surgiría una revaloración de su obra en los circuitos independientes que harían de Alejandro Jodorowsky una figura de culto.

Luego de esta brevísima introducción a la obra jodorowskiana y su relación con el séptimo arte, además del escandaloso silencio de 23 años alejado de la gran pantalla, el lector todavía se preguntará “Bueno, pero ¿por qué el pingüino quiere ir al cine?” Descúbrelo aquí, en la Clase Magistral de Alejandro Jodorowsky en el 11º FICM.