09 · 12 · 18

La invención de Pawel Pawlikowski

Por: Alonso Díaz de la Vega @diazdelavega1

En la filmografía de Pawel Pawlikowski su penúltima cinta, Ida (2013), resulta singular por varias razones. La obvia es que se trata del filme que lo hizo un autor de renombre internacional gracias a sus nominaciones a los Oscar por Mejor Película Extranjera y Mejor Fotografía, de entre las cuales ganó la primera. Sin embargo la película es también un parteaguas por ser el primer largometraje de ficción que Pawlikowski realizó en su natal Polonia, y por tratarse de un momento de definición estética tan contundente que Cold War (2018), su más reciente trabajo, es más similar a Ida de lo que ésta se parece a sus predecesoras.

Aunque creció en Polonia, Pawlikowski se mudó a los 14 años a Londres, donde más adelante comenzó su carrera como documentalista. Películas como From Moscow to Pietushki: A Journey with Benedict Yerofeyev (1990) y Serbian Epics (1992) muestran su fascinación por el Oriente de Europa. Lugar de conflictos e imaginaciones inabarcables, también se trataba de su hogar original. Su primera película de ficción, The Stringer (1998), abordaría una relación entre un camarógrafo ruso y una ejecutiva de medios inglesa, mientras que la siguiente, Last Resort (2000), contaría la historia de una mujer rusa y su hijo, que piden asilo político en Reino Unido. Ambas son películas que aparentemente reflejan el choque del niño Pawlikowski con una cultura ajena a la del régimen comunista en Polonia pero no hay ningún elemento en su estilo que sugiera lo que vendría una década después con Ida. De hecho tampoco podemos notarlo en Mi verano de amor (2004) o La mujer del quinto (2011), donde el erotismo acapara las tramas. 

Hay que decir que los temas de Pawlikowski están presentes en todas estas películas: la identidad del europeo oriental, la persecución política y los placeres del cuerpo como atadura y liberación. Todos recurrirían en Ida pero lo que hace a esta cinta destacable es su estilo fotográfico, que remite inmediatamente a la obra de Carl Theodor Dreyer. La historia de una monja que antes de recibir los votos descubre que en realidad es judía se presta totalmente a ello. La muchacha visita a su tía, una jueza del régimen comunista sexualmente liberada, que le ayuda a descubrir su propia historia y le hace cuestionar su estrictos valores. Dreyer abordó en su cine  los vericuetos de la fe en películas que a veces, como en La palabra (1955), la afirmaban a partir del milagro, pero en otras, como La pasión de Juana de Arco (1928), denunciaban su acción como destructiva. Pawlikowski parece más influenciado por este icónico retrato de la mártir francesa.

La pasión de Juana de Arco (1928, dir. Pawel Pawlikowski)

La pasión de Juana de Arco (1928, dir. Pawel Pawlikowski)

Es famosa la imagen en que la actriz Maria Falconetti hace una oración en close up. Sólo vemos su rostro al margen del encuadre y, detrás de ella, un enorme espacio blanco con una cruz encima. Pawlikowski utiliza abundantemente este tipo de composición en Ida. De hecho es muy difícil encontrar un cuadro que no parezca cuidadosamente planeado a lo largo de la película. En sus filmes anteriores, donde también había colaborado con el director de fotografía Ryszard Lenczewski, Pawlikowski recurrió a un estilo que usaba frecuentemente la cámara en mano y muchos movimientos para ilustrar a los personajes y sus entornos. En contraste, en Ida sólo hay una toma sin tripié: la última, que expresa una importante decisión de la joven protagonista. Antes de eso, todos los planos son fijos y Pawlikowski explora el espacio mediante la edición. No sobra decir que, además, esta fue su primera película en blanco y negro. 

Ida (2013, dir. Pawel Pawlikowski)

Ida (2013, dir. Pawel Pawlikowski)

Basta ver el tráiler de Cold War para notar que, aunque la cámara se mueve más, han vuelto el blanco y negro y las impresionantes composiciones que vimos en Ida. La historia también se desarrolla en Polonia y, según el propio director, está basada en la relación de sus padres. Resulta difícil afirmar si este filme y su predecesor son más personales que los anteriores —todos incluyen temas importantes para el director— pero es innegable que Ida le permitió a Pawlikowski reinventarse —¿o inventarse?— como Dr. Insólito (1964), que comenzó a usar muchos de los elementos que, en adelante, serían ineludibles en la obra de Stanley Kubrick. Más allá de la repetición, lenguajes audiovisuales como los de Pawlikowski o Kubrick —y como los de muchos otros maestros del cine— son señales de identidad que nos anuncian su origen sin necesidad siquiera de ver los créditos. Son la marca de artistas genuinos.